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POSITIVISMO Y RITUALES MASÓNICOS DEL GRAN ORIENTE DE FRANCIA (1877-1887) – Parte V

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Pensamiento racional

La creencia en lo milagroso “no puede ser considerada sino como uno de los errores de otro tiempo”. Nadie se atreve a decir “yo creo” porque es absurdo.  No puede buscarse la verdad “fuera del dominio de la investigación llevada a cabo por la inteligencia humana, fuera de la comprobación científica y del razonamiento filosófico.  Esas son las razones por las cuales hemos de apoyar claramente la libertad de pensamiento en nombre de la Francmasonería”. Se trata fundamentalmente “de no tomar partido entre las diferentes escuelas científicas o filosóficas, de afirmar o excluir el animismo o el materialismo, el deísmo, el panteísmo o el ateísmo”. La Masonería honra la memoria de los Masones más eminentes que han profesado las doctrinas más diversas. Y el texto acaba con un grito de esperanza: la evolución humana continuará durante mucho tiempo y “el progreso del conocimiento disipará cada vez más los viejos errores que ocultan la verdad del mismo modo en que los nubarrones tapan el sol”.  Aunque quizá no esté reservado al destino de la humanidad “lograr dar una explicación última a la naturaleza de las cosas” y “el progreso del hombre en busca de la verdad absoluta será como el recorrido de esa línea recta, llamada asíntota por los matemáticos, que se aproxima a una curva sin llegar a tocarla jamás”.

Interesa ahora analizar lo esencial de estos rituales. Evidentemente vamos a insistir en lo relativo a la iniciación y elevaciones comprendidas en los tres primeros grados, si bien también son interesantes los de los grados superiores redactados entre 1885 y 1886 por el Gran Colegio; también diremos algunas palabras sobre el ritual de la “tenida fúnebre”.

“Descristianizar” el grado Rosa-Cruz, 18 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, no era tarea fácil si se tiene en cuenta que este grado está repleto de simbolismo y esoterismo cristiano (o mejor decir luterano) y, en el fondo, el Gran Colegio nunca lo consiguió del todo… Mantuvo, simplificándolos, todos los episodios de la ceremonia –la destrucción del Templo, la dispersión de las herramientas de la masonería, la Palabra perdida, la última Cena- , pero vaciándolos de lo esencial de su propia substancia, lo que finalmente tenía la ventaja de permitir a cada capítulo e incluso a cada hermano hacer una interpretación a su manera. Paralelamente la explicación ocultista (por ejemplo del término I.N.R.I. por Ignis Natura Renovatur Integra) apenas se destaca. El Pelícano y el Fénix se convierten uno en un símbolo de solidaridad, y el otro en un símbolo de inmortalidad. El tema del amor aparece pero, esencialmente en la Instrucción y subsidiariamente en el episodio de la Cena. Respecto a ésta última se construye sobre dos ejes fundamentales: la comunidad (nos querremos más y mejor) y los efectos psicológicos del pan y del vino (fuerza y alegría).

El ritual del grado 30 (Caballero Kadosh) era más “manejable” por el hecho de que originalmente se trataba de un grado de “venganza” construido a partir de una leyenda templaria.  Es cierto que Jacques de Molay se difumina y que sus adversarios, el papa y el rey, no solo subsisten sino que pasan a un primer plano. El grado pasa a reflejar el compromiso de luchar contra toda opresión y, en especial, contra la de la monarquía y la del papado, “opresiones civiles, militares y religiosas”.

rose-croix_recadEstos temas dan mayor juego. La escalera deja de ser la de “Jacob”, y en su parte más elevado, el “amor de Dios” es sustituido por el “amor de la humanidad”. La divisa del grado “Deus Meumque Jus” (Dios y mi Derecho), pasa a ser “Suum Cuiquejus” (a cada uno su derecho) y traspasada al grado 33º.  Las “siete artes liberales” de los peldaños ubicados al norte se modernizan,  aunque habrá unos cuantos talleres que seguirán siendo fieles a la tradición.

En lo que toca a los tres últimos grados, acaban convirtiéndose en algo puramente administrativo y pierden los elementos esenciales de un simbolismo que, además, era muy complicado, hasta el punto de que posiblemente las gentes de 1886 ya no lo entendían, y ello porque se trata de grados marcados intensamente por el ocultismo característico del siglo de las Luces.

Los tres rituales “especializados” se quedan al final con una apariencia muy diferente. El ritual de banquetes mantiene su aspecto tradicional (apertura de los trabajos, brindis, cierre de los trabajos), pero desaparecen la invocación y la oración que caracterizaban la apertura y que no se habían eliminado en 1880;  otro tanto sucede con las denominaciones masónicas de los utensilios de cocina y de los platos que provenían probablemente de las logias militares de finales del siglo XVIII; no tienen un gran valor simbólico si bien en algún caso se conservan habida cuenta del aprecio que les profesan muchos hermanos. Tanto el ritual de instalación de Templos como el de inauguración de un Taller son, al contrario del de banquetes,  completamente nuevos, libres de toda influencia religiosa y, cosa bastante grave, ven cómo se reduce notablemente su carga simbólica para convertirse en esencia, en ceremonias administrativas en las que el rol principal corresponde a los “Comisarios” del Consejo de la Orden,  y ello gracias a los discursos minuciosamente preparados de los dignatarios, y particularmente del Orador, en detrimento del ritual.  Más original es el ritual funerario porque obligaba a una revisión íntegra. Por supuesto desaparece el Gran Arquitecto y la creencia en la inmortalidad del alma, pero fieles a los principios de neutralidad, los redactores no afirman nada y tampoco niegan; no ocultan que algunos hermanos o sus familias pueden tener convicciones religiosas o, en cualquier caso, creer en Dios. La ceremonia tiene un eje principal, que es el tema simbólico de la Cadena de Unión fracturada por la ruptura de un anillo, y la Acacia que, aquí, al igual que sucede con el mito de Hiram, se identifica con la inmortalidad. En la ceremonia también se confía una buena parte de su desarrollo a la elocuencia de los dignatarios.

Y llegamos ahora a los tres grados simbólicos. Constatamos de mano algo importante: En tanto que las modificaciones son profundas en lo que afecta a la iniciación al primer grado, lo son menos con respecto al segundo, y menos trascendentes aún para el tercero. En efecto, para la maestría había que, o bien suprimir la puesta en escena del asesinato de Hiram sin tener con qué reemplazarla, o bien conservarla por razones de tradición y reconocimiento internacional.  Este mito cuyo origen desconocemos, carece en cierta medida de lógica e intercala tradiciones de procedencia diversa y, en definitiva, guarda muy poca armonía con los conceptos del positivismo. Amiable no se atrevió ni a suprimirlo ni a modificar su estructura en profundidad. Las diferencias con respecto a los rituales antiguos son muy limitadas. No es menos cierto que desde la entrada del recipiendario se insiste en el hecho de que se trata de una leyenda, algo sobre lo que todo el mundo está de acuerdo, si bien esta resulta universalmente aceptada por todos los Masones. El taller tiene ahora la posibilidad, pero no la obligación, de no centrarse tanto sobre la escena del asesinato sino de hacerla contar, valiéndose para ello de los dignatarios que intervienen alternativamente en la narración. El recipiendario ya no participa personalmente en el psicodrama puesto que no es él el que se acuesta sobre el lienzo, y en consecuencia la correspondencia entre su propia persona y la del Maestro se difumina. Para acabar, tanto los comentarios, los textos explicativos y la “instrucción” están fuertemente influidos por un racionalismo moralizador. Hiram representa “al hombre justo y valeroso al que nada desvía de su deber”; los tres asesinos, “tres vicios que corrompen al individuo: la ignorancia, la hipocresía y el fanatismo”; la acacia, “rama que reverdece en un entorno donde reina la muerte, es el símbolo del ardoroso celo que ha de conservar el Maestro, en pro de la verdad y la justicia entre hombres corruptos que traicionan a una y otra”.

Estrella FlamigeraEsta nota de simplificación y racionalización aparece fuertemente destacada en los rituales del grado de Compañero. Se conservan los cinco viajes que no son pruebas, y Amiable sacrifica prácticamente todo lo “operativo” a pesar de estar enraizado en la tradición masónica. Cada uno de los cinco viajes se acompaña, como debe ser, de una o varias herramientas que el postulante ha de llevar consigo, dándosele además una explicación. En este punto el positivismo se desborda:  Mallete y cincel significan que “el Compañero debe mejorarse a sí mismo”, la escuadra y el compás que debe buscar “Justicia y verdad”, la regla y la plomada “el estudio de la Naturaleza”, el nivel “el esfuerzo que hemos de hacer para alcanzar la igualdad”, la paleta, “la culminación de la obra”. El simbolismo de las herramientas va ligado al desarrollo de cinco temas, vinculados cada uno de ellos con uno de los viajes: los Sentidos, el Arte, las Ciencias, los benefactores de la humanidad, la glorificación del Trabajo, expresión todo ello de una concepción propia de Condillac sobre el desarrollo humano que no se está necesariamente obligado a compartir… La Estrella flamígera y la letra G se conservan, sin bien la primera pasa a ser “el astro del libre pensamiento” y la letra se convierte en el monograma de Gravitación, Geometría, Generación, Genio y Gnosis, perteneciendo únicamente a la tradición el segundo de los términos citados. El conjunto de cuanto se acaba de exponer se revela como poco satisfactorio,  hasta el punto de que la reforma del grado de compañero será, de cuando en cuando, objeto de reclamación por parte de hermanos poco contentos con las afirmaciones cientificistas características del final del siglo XIX.

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