Archivos para 7 noviembre 2013

Francmasonería y Humanismo – 2/3 por Jean-Pierre Catala

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La Libertad

El primer sentido que se le atribuye a este término, su significado más corriente y usual, es el referido a la libertad de acción, es decir, hacer lo que uno quiere, desplazarse sin cortapisas.  En el ámbito jurídico se puede identificar genéricamente con las “libertades públicas”. Estas son individuales y colectivas: Libertad de ir y venir, libertad para hablar, libertad de reunión, libertad de expresión, de voto, etc… Constituyen por sí solas la base de la expresión del humanismo. Son también la base de la reflexión masónica.

Jean Pierre Catala en el Senado Francés V2

No hace falta decir que el humanismo no existe si no hay libertades públicas, o lo que es lo mismo, sin democracia. Y aunque hoy esto nos parezca evidente no siempre ha sido así. Al margen de las libertades públicas hemos de extender nuestra reflexión sobre la libertad al sentido filosófico del término, algo que es bastante más complejo. La libertad también reside en la espontaneidad del “querer”, es decir, no se trata simplemente de hacer lo que uno quiere, sino de querer realmente eso que se “quiere” hacer: soy libre y quiero lo que quiero. Y también hay otro sentido a dar a la palabra libertad: el libre arbitrio. No consiste meramente en “querer” aquello que se quiere hacer; hay un acto deliberado. A través de un acto libre escogemos algo diferente a aquello que deseábamos. Creo que siempre hemos de elegir y comparto lo que pensaba Jean Paul Sartre, para el cual “el hombre no es nada más que aquello que él mismo quiere ser”. Ser libre es querer elegir, o mejor, querer querer; es rechazar el determinismo absoluto, el determinismo en tanto que dictador de mis sentimientos o mis pasiones, el determinismo de mi cultura. La libertad en el sentido atribuido por Sartre al término es el resultado de una elección: He elegido ser libre aunque me halle encadenado en lo más hondo de una mazmorra. Es conocida una célebre frase de Sartre: “nunca fuimos tan libres como bajo la ocupación”. Sartre no quiere decir más que el hombre es su propia libertad y está condenado a ser libre; el ser humano es su propio proyecto y es responsable de lo que es. El análisis que hace Sartre sobre la libertad humana también puede hallarse en la vivencia masónica; una vivencia que toma en consideración al propio individuo, libre y responsable. Para nosotros no es posible un humanismo sin libertad o al menos sin una idea de libertad que no se nos presenta como un valor universal. Porque la libertad se merece, no nos es regalada. No se nos otorga a modo de una especie de indemnización entregada por un demiurgo que quiere compensar el infortunio que nos ha causado por habernos creado, la desdicha de haber nacido, que diría Corian. La libertad es una batalla que ininterrumpidamente se gana y se pierde. Nietzsche escribe a este respecto, “…tanto si nos referimos al individuo como a la sociedad, adquiere su dimensión en función del grado de resistencia que continuamente ha de vencerse para permanecer en la  posición más elevada…”

La responsabilidad

El humanismo se asienta sobre un tercer principio básico, el de la responsabilidad.  Así, ante los actos más reprobables, nuestros contemporáneos no pierden ocasión de invocar la sociedad, la educación, la cultura o la herencia genética. Y esto es así porque en la actualidad la tentación es grande y es asimismo habitual no asumir los propios actos. El deber, la abrasadora necesidad del deber, se basa en el principio de responsabilidad. Obviar el sentido del deber es al mismo tiempo una cobardía y una fácil salida. Alain escribía que “el deber no plantea más dificultad que cumplir con él”. Dentro de una sociedad extremadamente egocéntrica hablar del deber no deja de ser una tremenda incongruencia. A día de hoy es preferible hablar de los derechos, olvidando que son los deberes los que los sustentan y no a la inversa. “No tengo para con mi semejante sino deberes, sin tener sobre él desde un punto de vista moral ningún derecho, y sin tener tampoco derecho a la menor recompensa: Esta es la verdad desinteresada, la austera e ingrata verdad que comporta el deber.” Jean Kélévitch lo dice todo con muy pocas palabras: la moral no tiene sentido si no es sin esperar aquí o en otra parte, ni recompensa, ni castigo; si no es gratuita y está guiada por una deliberada voluntad. Semejante concepción de la moral resulta inseparable de la del humanismo, implicando respeto a quien es nuestro semejante. Conviene aquí resaltar un detalle que no es otro que el humanismo no es una idea nueva, no forma parte de la modernidad ni tampoco de la tradición. Cada día hemos de defenderlo y al mismo tiempo redescubrirlo.

La Tolerancia

Hay en el uso del término tolerancia una connotación condescendiente. Es bastante habitual que se tolere aquello que no puede prohibirse o que no se quiere prohibir.  Ya conocemos la sentencia de Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que dices pero pelearía hasta el final para que puedas decirlo”. Se le atribuye esta virtud a los Francmasones. Pero los Francmasones siempre han practicado la tolerancia mutua en la forma en que queda definida en el Gran Oriente de Francia por el artículo primero de nuestra Constitución. Es decir, que no puede existir tolerancia sino entre aquellos que te reconocen, aquellos que te consideran como un igual; igual en derechos,  igual en el ejercicio de la libertad como hermanos humanos. Quienes no admiten esta práctica mutua son nuestros adversarios,  cuando no nuestros enemigos. La tolerancia tiene límites. Implica respetar y por consiguiente escuchar las opiniones filosóficas, científicas o políticas de unos y otros. La tolerancia es una forma de sabiduría, quizá la más importante. Supone rechazar lo excesivo, la desmesura, recurriendo a la búsqueda de la serenidad. En el dominio de la expresión religiosa consiste en la libertad de creer o no creer en un ente revelado, en la libertad de tener una religión, la que uno quiera, o de no tenerla.

La tolerancia implica también saber abrirse a los otros para que los otros se abran a su vez a nosotros. Tolerancia es también ese espíritu de apertura, que supone escuchar a los demás con respeto a las diferencias mutuas en tanto que estas conllevan el respeto a la dignidad de los otros.

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