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Positivismo y rituales masónicos del GODF (1877-1887) Parte II

Por Daniel Ligou

Al preguntar un hermano “si, a partir de ahora, está permitido a las Logias suprimir las pruebas físicas”, el Presidente se lo reprochó de forma contundente contestando que “los rituales actuales deben respetarse en tanto no hayan sido modificados, pues son la regla y la ley. Parece que algunas Logias rechazan las fórmulas simbólicas. Es algo verdaderamente lamentable y que no puede dejar impasible al Consejo de la Orden”.

A pesar de todas las amenazas, los tradicionalistas se vieron obligados a recular.  La mayoría del Consejo rechazó seguir a Saint Jean en su particular pulso comprometiéndose de facto, al aceptar la conocida como propuesta Bussière, a redactar un ritual revisado antes del convento de 1879.  Por otro lado y ya en el seno del Consejo, el 15 de diciembre el hermano Massé reclamó a la Comisión ocuparse de “la tarea que le incumbe”, avanzar en la realización del trabajo y presentar su texto con tiempo suficiente para que pudiera ser estudiado.  Caubet respondió afirmando, al igual que ya lo había hecho en el Convento, que la Comisión no perdía de vista las promesas hechas… “Recopila en este momento los rituales de diferentes potencias masónicas para compararlos  e inspirarse en la medida que resulte necesaria; y sabrá culminar su tarea respetando los plazos”. El 8 de febrero de 1879 será el propio Vienot quien insistirá en que “la Comisión haga su trabajo y presente un texto lo antes posible”. Había que terminar y la cosa se presentaba cada vez más difícil, ya que la Comisión había quedado reducida a la mínima expresión al haber sido nombrado Caubet responsable de la policía municipal de París y tener a partir de ese momento otras preocupaciones en la cabeza. El 22 de marzo, a petición del propio Vienot y de los hermanos Cammas y Dalsace, el Consejo toma la decisión de abandonar el trabajo y remitírselo al Gran Colegio de Ritos.

El Gran Colegio, presidido por Saint Jean desde 1874, se puso de manera inmediata manos a la obra y, ya a principios del mes de junio, había terminado la tarea encomendada, poniendo el texto definitivo a disposición del Consejo con ocasión de su reunión del día 6 de junio. El Consejo comenzó entonces por el estudio de las propuestas relativas a la supresión de las pruebas, rechazándolas formalmente: “El Consejo, que no se halla vinculado por la opinión de la Comisión de revisión de los rituales ni por la opinión del Gran Colegio de Ritos, tomando en consideración las decisiones adoptadas con anterioridad sobre la misma materia, decide a priori mantener las pruebas simbólicas a que se refieren los firmantes de las propuestas y cuya supresión interesan, retirando éstas del orden del día”. Seguidamente comenzó a estudiar, artículo por artículo, las proposiciones del Gran Colegio, aprobándolas antes de decidir su impresión antes de la celebración del convento siguiente. En la reunión del 11 de agosto los ejemplares ya estaban listos para ser entregados a los delegados y, en el Convento, el presidente pudo afirmar sin empacho que “los nuevos rituales ya están a disposición de las Logias”.

Poco hay que decir de estos rituales de 1879. El Gran Colegio de Ritos se consagró al cumplimiento de la misión encomendada en las reuniones de los días 3 y 4 de mayo. Su trabajo consistió fundamentalmente en hacer desaparecer de los rituales, en cada grado, las fórmulas que tuvieran un carácter dogmático exclusivamente religioso… Los textos obtenidos reproducen poco más o menos los rituales de Murât, contentándose el Gran Colegio con la supresión de las expresiones “Dios” o GADLU” allí donde aparecían, sin buscar siquiera –con alguna excepción- con qué términos reemplazarlas.

Desaparecen del ritual de primer grado la cuestión de Orden sobre los “deberes con respecto a Dios”; el ponerse de rodillas en la ceremonia de consagración; el altar del Venerable se convierte en una prosaica “sede”, y otro tanto sucede con los dos vigilantes. A la definición del número tres se le retira toda significación trinitaria; San Juan desaparece, aunque se mantiene el sentido bíblico de los “tres golpes” dados a la puerta del Templo. De menor importancia son aun las modificaciones hechas sobre los otros dos grados simbólicos. La explicación de la letra G en el grado de Compañero  sufre una transformación laica, al tiempo que desaparece la invocación a Dios en el signo de horror en el grado de Maestro.

Nadie puede dudar que los dignatarios tanto del Consejo de la Orden o del Gran Colegio eran fundamentalmente conservadores, y que si hubiera dependido únicamente de ellos, a las decisiones conventuales de 1877  se les habría dado, sin más, carpetazo. Fue necesaria una fortísima presión de las logias, especialmente intensa en el convento de 1878 – en cuyo transcurso Saint Jean llegó a perder el control de la Obediencia, debiendo “someterse”- para alcanzar el fin propuesto, aunque también hay que decir que fue en muy débil medida, porque los nuevos rituales van a conservar lo esencial de las tradiciones masónicas y, particularmente, las pruebas, sin que en ninguna parte, en estos nuevos textos, aparezca con claridad el espíritu positivista. Es fácil comprender la decepción del “ala progresista” del Gran Oriente.

La oposición de ésta última cristalizará en el transcurso del convento de 1879 en relación con las “pruebas”. A partir del 8 de septiembre, en el momento en el que Saint Jean acababa de presentar los nuevos textos, se formularon varias propuestas que reclamaban la supresión. Comenzó entonces un debate sin una conclusión clara entre el hermano Jouaust (de Rennes), quien sostenía que las pruebas no tenían nada que ver con la Masonería primitiva y que a menudo resultaban ridículas, y el hermano Rousselle, que insistía en la necesidad de una enseñanza simbólica. El día 12, los mismos Jouaust y Rousselle pidieron la derogación, y el segundo de ellos llegó hasta el punto de reclamar la supresión del artículo II de la Constitución (redactado en su momento para evitar las iniciaciones relámpago del tipo de la del mariscal Magnan, quien recibió los 33 grados en un mismo día) entendiendo que “nadie puede ser dispensado de las pruebas de cada grado establecidas por el ritual masónico”. El debate fue animado, marcado por las intervenciones favorables a la tradición de los hermanos Bordier, Rousselle, Mériard y Monnereau; de otra parte, Décembre- Allonier exigía la “libertad” para cada Logia, mientras Didrot pedía la remisión de la cuestión a los talleres para su estudio.  El debate alcanzó un punto de tensión cuando Jouaust afirmó que las pruebas “se suprimen en París por un acuerdo de los Venerables y por un consentimiento tácito del Consejo de la Orden”, manifestación ésta rápidamente desmentida.

Finalmente serán los conservadores los que arrastrarán el triunfo. El convento votará un texto de Bordier que previamente había obtenido el visto bueno de Saint Jean: “El Convento,  considerando por una parte que la supresión de las pruebas físicas durante los viajes simbólicos modificaría el carácter de la Francmasonería hasta el punto de atacar su propia existencia,  y confiando de otra parte en la sabiduría de los talleres, que sabrán conciliar la ejecución de tales pruebas físicas con el respeto a la libertad humana, retira la cuestión del orden del día”. Nada impedirá sin embargo que sobre la mesa del Consejo aparezca una propuesta de la Logia “Unión y Perseverancia”, oriente de París, en la que se pedirá que “los tres viajes simbólicos de la iniciación masónica” sean suprimidos y sustituidos por “una instrucción histórica hecha por el Venerable o el Orador, recordando la idea que ha podido servir de inspiración a sus autores y la razón de su desaparición”.

De 1880 a 1885  la cuestión de las “pruebas” aparecerá constantemente en el orden del día de los conventos y en las deliberaciones del Consejo. A pesar de ello la mayoría seguirá fiel a la posición expresada en 1879: El ritual permanecerá inalterado fiel a la tradición, excepción hecha de las menciones deístas, que se excluyen. Sin embargo en esta época el Gran Oriente conoce un cambio político: el presidente del Consejo de la Orden, Charles Cousin, convencido partidario de Jules Ferry, que había sucedido a Saint Jean al fallecer éste en 1882, se ve obligado a renunciar al primer mallete bajo presión de los partidarios radicales, mayoritarios en ese momento en el Consejo. Colvafru primero, luego Desmons, serán los encargados de sucederle.

Los acontecimientos que se suceden después forman parte de las consecuencias lógicas que siguen a la eliminación de Cousin. El convento de 1885 suprimió de la Constitución la fórmula que había logrado conservar Saint Jean en 1877. “La Francmasonería no excluye a nadie por sus creencias. En la elevada esfera en que se ubica, respeta la fe religiosa y las opiniones políticas de cada uno de sus miembros”. Sin embargo, paradójicamente, conserva el comentario del artículo I que “autoriza todas las prácticas de culto”,  si bien el texto desaparecerá en 1904, tras una intervención de Lafferre, para ser sustituido por la formulación actual que se remonta a “los principios de 1877”.

Al haber dimitido de la presidencia, Cousin renunció también a su cargo como Gran Comendador del Gran Colegio de Ritos y, sin una dimisión expresa, la mayor parte de los dignatarios le siguieron en el proceso de retirada, de manera tal que llegado el momento del convento no había más que tres miembros que desarrollaran una actividad real. Por otro lado un buen número de Capítulos y Consejos se mostraban poco favorables a una evolución de la que eran meros testigos, siendo el Hermano Hubert, director de la influyente publicación Cadena de Unión, quien ejercía las veces de voluntarioso portavoz. La lógica de la ideología del Gran Oriente hubiera querido que se dejara perecer al Gran Colegio por una muerte natural, si bien algunos hermanos, entre ellos Louis Poulie, magistrado en Amiens  que ya había presidido el Gra Colegio entre los años 1883 y 1887, y Charles Fintainas, abogado parisino que debía asumir la presidencia en el ejercicio 1899*1901, tenían alta estima por aquella responsabilidad además de creer al tiempo en la utilidad de un “Senado”, de manera tal que no querían entregar el monopolio de los altos grados al Supremo Consejo del rito escocés.  Así las cosas, el 13 de abril de 1885, Poulie, que ocupa el cargo de Teniente Gran Comendador, informa al Consejo de la situación, si bien éste, tras escuchar a Caubet y a Fontainas, “no se pronuncia”. Se decide esperar al convento.

El convento en cuestión se dedicó fundamentalmente a la reforma del Reglamento General y especialmente de los artículos 222 a 247, relativos a los talleres de altos grados, sometiendo a éstos a la autoridad del Consejo de la Orden al tiempo que se opta por retirar todo poder al Gran Colegio, al que además se le retira el título de “Supremo Consejo”, relegándolo a un papel meramente consultivo. Tras el voto de tales artículos y apoyándose en ellos, el Consejo pidió al convento la autorización para disolver el Gran Colegio así como una delegación limitada en el tiempo a seis meses con la finalidad de poder reconstituirlo (el 23 de octubre). El decreto 31 acabó con todos los poderes del antiguo Consejo al tiempo que designaba a ocho miembros con el grado 33 para constituir la nueva estructura, y concedía la condición de miembros honorarios a Blanche, Cousin y Camas, y también a dos masones de Edimburgo que habían permanecido fieles al principio de relacion con el G.O. a pesar de las exclusivas anglo-sajonas. El decreto fue votado a pesar de la oposición de los HH Sergent y Francolin. El 6 de enero de 1886 tuvo lugar la instalación del nuevo organismo en el que Poulie era el Gran Comendador, Masse y Fontainas Tenientes y Amiable, Gran Orador. Los tres miembros honorarios rechazaron su designación y se les “borró”. Hubert, que había formado parte del Gran Colegio desde 1883, explicó mediante una carta fechada el 22 de diciembre su “desacuerdo” y su deseo de retirarse.

Francolin y Hubert hicieron ver que el Convento y el Consejo se habían excedido en el ejercicio de sus poderes, remarcando que no correspondía a una asamblea de maestros disolver un Taller superior a su grado, y mucho menos reclutar miembros del grado 33.  Del otro lado, el Consejo emitió una larga circular, “la número uno” de 1886, relativa a los cambios experimentados por el Reglamento, y donde intentaba justificar su actitud, consecuencia de una situación no deseada: el número de miembros activos (en los términos del artículo 229 nuevo debían poseer el grado 33, vivir en la Francia continental y tener una actividad real en el seno de  un Taller) se había visto reducido a menos de cinco (nuevo artículo 222), luego era necesaria una reconstitución del personal del Gran Colegio, algo que la Asamblea General tenía todo el derecho de hacer.  Es más, quienes desconocieron tal autoridad optaron por la “auto exclusión”.

Se podrá discutir eternamente sobre la validez de este “golpe de estado masónico”…

Enlace a Parte I y a Parte III

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