Archivos para 16 febrero 2011

El Rito Francés, entre tradiciones y modernidad – 1ª parte

Por Ludovic Marcos

El Rito Francés, para ser enteramente justos, es una acumulación de palabras maduradas y de signos seguros, de fidelidad y también de adaptaciones. Es la columna vertébral de ese proceso de toma de conciencia de nuestra propia humanidad. Llegado a nosotros proveniente de un fondo gestual ya inmemorial, de una afirmación fecunda que ha traspasado la Ilustración, asumiendo de forma continuada diferentes adquisiciones a traves de la historia, su comunidad de destino con nuestra Masonería –la del humanismo combativo- es total. Por esta razón, a día de hoy, los debates e inquietudes que le rodean apuntan en la dirección de decisiones futuras ¿Hacia dónde vamos, pues ?

1. Un carro bajo el firmamento

Carros que se balancean en los caminos, que contienen valiosas herramientas y que cobijan a algunos de nuestros ancestros operativos, de una obra a otra. La imagen es sin dudas hermosa. Sin embargo, en un primer momento no encontramos a los grupos de constructores mutualizando su propia existencia, con toda la dureza que la caracteriza, tampoco la teatralidad destinada a dar relieve y duración en el tiempo a su gremio. La recepción de nuevos miembros es, más que nunca, una práctica basada en el juramento. El taller, noción ya asentada, se vive como un saber hacer y lleva implícita en sí mismo una noción de saber ser. Aun hoy, la Francmasonería no es una «Masonería» de la madera o del métal : con el paso de los siglos, la herencia proveniente de la cultura de la piedra ha perpetuado una inclinación geométrica, un aparato emblemático, signos, una gestualidad, atributos, un compendio de leyendas, ritos funerarios, formulas clave.  En función de modas variables, existe todo un archipiélago identitario de una aristocracia de Oficio que se ha mantenido con sus expresiones y coreografías. Hoy nos ha quedado una imprimación.

Si no ha habido con el paso del tiempo, tal y como se pretendió, una evolución orgánica de los cuerpos operativos hacia la Masonería especulativa, sí se produjo sin duda un encuentro de personas y anhelos, y tal cosa sucedió en las Islas Británicas, en el siglo XVII. En ese contexto tuvo lugar una transmision y reutilización de antiguos materiales, con las miras puestas en el sentimiento de una noble herencia y en la búsqueda de legitimidad que en ese momento concreto sólo podia ser obtenida merced a la antigüedad. Nuestros usos masónicos nacen de ese inesperado matrimonio entre épocas y destinos, y el Rito Francés, por este motivo, también tiene este origen natural : de la concha que representan los operativos y de las intenciones del cangrejo hermitaño especulativo que fuimos para quienes nos acogieron en su momento. Esta tension es la cuerda vivrante de nuestro rito.

Trazado así, sobre un amplio lienzo, el bosquejo de nuestra identidad, conviene que hagamos alguna precisión sobre nuestros cimientos. Descartaremos de mano a los taxidermistas que, con su historia poco probable del «rito de origen» ( y de pureza), pretenden convertir una quimera en algo natural. No buscan en realidad otra cosa que la imposición de un uniforme al uso en cuestión. Y siendo esto una constante en todo discurso perentorio sobre la Tradición con que se nos viene machacando desde hace años – aun a pesar de que la cuestión de que exista un cimiento ritual haya sido objeto de rodeos y hasta evitada- , no deja de ser cierto que la cuestión nos renvia a una búsqueda de los «fundamentos». ¿Cómo podemos identificarlos ?

La costumbre de reunirse en un lugar «cerrado y a cubierto», el porte de mandilles, el uso de determinados términos así como una parte destacada de nuestros usos constituyen, de facto, un basamento común de la Masonería, al que el rito calificado desde el siglo XIX como « francés » es, además –y nunca insistiremos bastante- extraordinariamente fiel. Normalmente constituye la base a partir de la cual se han desarrollado otros sistemas. De forma significativa, los elementos más «secretos» y permanentes de esta base, la costumbre del retejeo sirviéndose de juegos de preguntas y respuestas sobre una edad, una hora simbólica, parejas de Palabras, o bien el reconocimiento médiante signos o golpes rítmicos nos llevan a recordar prácticas antiguas. De igual modo, y dentro del mismo orden de ideas, la puesta al Orden y el paso de Aprendiz tienen un sentido preciso mucho antes de la aparición de la Francmasonería especulativa, el uno como signo de respeto (lo mismo puede decirse de su primo, el saludo militar), y el otro para simbolizar el aprendizaje asumido con seguridad. En la prolongación de toda esta constatación, y sin que pretendamos apoyarnos sobre una «tradición» que aparece armada de pies a cabeza (y que, repitámoslo, no se encuentra por niguna parte), nuestras logias siguen siendo hoy día el lugar donde se realiza un simulacro profesional, con sus aprendices y compañeros, sus «aumentos de salario», sus expresiones ligadas a la obra : tallar la piedra propia, trazar una plancha, aplicar la escuadra, pasar la llana, cubrir, retejar, etc. Seguimos « poniendo en práctica la Geometría » , con trazados, figuras, piedras que sirven de clave, así como una utilización ficticia de algunas herramientas. Habida cuenta de que la Geometría constituye el « Arte Real », la Masonería no es otra cosa que una aplicación práctica.

En el marco de esta « cultura de acogida », que a su manera sigue viva, tal y como acabamos de ver, va a autoafirmarse el « ritual ». ¿Está bien escogido el término ? Hay que decir que su aparición es tardía ; en el siglo XVIII no se utilizaban más palabras que « estilo », « sistema » o « régimen ». La puesta en práctica de los usos operativos, retocados adaptándolos a una figuración del Templo de Salomón, permitirá al cerémonial simbólico eso de « hacer como si » aun tratándose de otra cosa. La imagen del Templo, ideado como un marco de universalidad y tolerancia, servira como soporte a una coreografía. Su representación se estructura con una orientación, con unas aparentes columnas, el pavimento « mosaico », el enlosado, exhibiendo los numerosos signos que identifican el Oficio. Esta imagen emblemática y sólida funda una cosmogonía, con su Cielo y su Tierra. Sirve para recordar el tiempo primordial. La logia-madre aparece entre el tiempo profano, antes de las columnas, y el sagrado, más alla del tapiz. Esta vision es a la vez conmemorativa y edificante. Si la cultura operativa conserva un espacio natural (en definitiva tenemos una logia cuando estamos ante el plano de una obra), no deja de ser exaltada en una presentación que constituye por sí misma un arquetipo.Todo el conjunto no obstante ya ha se ha orientado hacia la modernidad. Más exactamente, el dispositivo se ve de mano en medio de una tension entre tradición y modernidad, entre la imagen y su destino, entre lo legendario y la nueva función histórica de la que las personas que se sirven de él saben que son sus cuidadores. Esta tensión es precisamente la cuerda vibrante de nuestro rito.

Continuará…

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