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¿Existen los “Altos Grados” en la francmasonería?

Por Alain Bauer Pasado Gran Maestro del GODF

Reconozcámoslo francamente, la cuestión de los altos grados perturba el debate masónico desde siempre.  Tal perturbación adquiere dimensiones organizativas (Obediencias frente a Potencias), simbólicas (el grado de maestro es el último grado azul o por el contrario el primero de los otros grados), diplomáticas y, a veces, psicológicas.

Más allá de las preguntas que surgen acerca de la transición y la transmisión llevada a cabo entre operativos y especulativos,  sobre las que empiezan a aparecer algunas respuestas gracias a los trabajos publicados por René Desaguliers 1/ Roger Dachez  2 o el investigador escocés David Stevenson 3, y que nos permiten realizar una difícil travesía –cada vez con más solidez, eso sí- entre una historia romántica y una historia racional de la Francmasonería, el problema que plantean los altos grados continúa sin una clara respuesta.

Sin embargo, sabemos sin lugar a dudas, y con independencia de cuál sea el origen mitológico o histórico al que nos atengamos, que la tradición masónica se estructura en torno a dos grados (aprendiz y compañero), un oficio prohibido para terceros (de ahí la existencia del “Cowan”, el artesano que no forma parte del gremio) y, ya más tardíamente, el grado de maestro. La cuestión de los “altos grados” surgirá en un contexto puramente especulativo posterior.

En cualquier caso, la respuesta no resulta ni suficiente ni satisfactoria. Y la permanencia del problema nos obliga a ir siempre más allá.

Del desorden a la unidad

En torno al año 1730 se constata en Europa la existencia de una verdadera anarquía de grados masónicos. Todos se presentan como superiores aprovechándose del desorden que rige en las Obediencias, las cuales no han logrado aun regular ese caos. En 1737, cuando aparece el famoso Discurso de Ramsay –ampliamente difundido en las logias- , se abre un vasto y legendario horizonte. Refugiado jacobita, muy cercano a la rama de los Estuardo, parece que las intenciones políticas de Ramsay predominaron y son las que permiten explicar esta iniciativa, que liga los altos grados a la Orden del Temple y a una Logia Madre situada en Killwinning.

Entre los años 1730 y 1750 los Francmasones van a desarrollar los nuevos sueños valiéndose de los grados, ceremonias y ritos. Las logias hacen su vida sirviéndose de rituales relativos. La puesta a punto que promueve James Anderson con el texto de sus obligaciones conoce una difusión lenta y se ve afectada por traducciones  un tanto azarosas. Aquí y allá, la Estricta Observancia, los consejos de Caballeros de Oriente o de los Emperadores de Oriente y Occidente, u obras sobre grados denominados en ese momento escoceses (y que no guardan aun relación con el REAA o el RER), conocen un éxito relativo y una precaria implantación.  La Masonería de los altos grados va surgiendo en un panorama caracterizado por algunos éxitos localizados, leyendas y retazos de mitología.

Dejando a un lado el debate sobre la continuidad y la coherencia de los sistemas, es más bien la voluntad de establecer escalas superiores siguiendo la lógica social de la época (órdenes, castas), lo que parece haber impulsado tal profusión de sistemas.  Las logias se democratizan poco a poco, aceptan negros, judíos, musulmanes, mujeres (bajo la forma de logias de adopción), si bien una parte de la Masonería quiere conservar un sistema elitista.  La nobleza está lejos de ser la única protagonista de la situación: burgueses, eruditos y nuevos ricos quieren tener también un sitio en esta construcción desequilibrada, especie de Babel estructurada mediante el uso de collares que, por otra parte, acreditan una capacidad inventiva textil considerable.

La Primera Gran Logia de Francia no acertará a la hora de afrontar cómo responder a la cuestión de los altos grados. Primero los condenará en 1743 para seguidamente reconocerlos en 1745. Intentará también disciplinarlos valiéndose del Consejo de los Caballeros de Oriente (una primera versión), y más tarde del Gran Consejo de los Kaddoshs, que será el que expida su famosa patente a Etienne Morin,  sin embargo terminará nuevamente por renunciar en 1766.

Para acabar, pondrá en conocimiento de aquellos con los que mantiene contacto que no quiere saber en la actualidad de otra cosa que no sean los tres primeros grados 4. Es en gran medida la cuestión de los altos grados y las sucesivas crisis que va a generar, la que llevará al sueño definitivo a la Primera Gran Logia de Francia en 1767. La lección no obstante será provechosa y en 1773, un todavía joven Gran Oriente de Francia, tomará en un primer momento la sabia precaución de ocuparse únicamente de los grados simbólicos.

Bajo la égida del Gran Oriente de Francia: La unificación

La construcción de las Obediencias,  especialmente la del Gran Oriente de Francia, se basó en el arte del compromiso. Una sólida regulación de los rituales de los tres primeros grados, la inclusión de talleres procedentes de otros Sistemas, la unificación de ritos en el marco de una pluralidad aceptada, permitieron la consolidación de la universalidad de la iniciación, las visitas y el te reconozco como tal. Sin Obediencias, no hay sitio para la Masonería universal.

Como contrapartida, Roëttiers de Montaleau y la Cámara de Grados (véase el excepcional trabajo de investigación de Pierre Mollier publicado en “Renaissance Traditionnelle” sobre el Gran Capítulo General de Francia y el establecimiento del Rito francés 5), aceptan tomar en consideración los Altos Grados y crean seguidamente un Gran Capítulo General de Francia en el que el V Orden comprenderá la totalidad de los grados físicos y metafísicos de todos los sistemas, especialmente aquellos que han sido adoptados por las asociaciones masónicas en vigor.

Sin duda, esta creación también permitirá la integración de un pseudo Gran Capítulo nacido de una auto proclamada patente de 1721 (conocida como del Doctor Gerbier, que se reivindica a sí mismo como el primer Caballero Rosa-Cruz), pero en lo esencial se orientará a poner orden en medio de un panorama caótico,  según la hermosa expresión de Jean Mourgues. En abril de 1776, el Gran Oriente ya había firmado un acuerdo con los tres directorios de la Estricta Observancia, y posteriormente un Tratado con la Logia Madre Escocesa de Francia.  El pase a sueños de los Consejos de los Caballeros de Oriente y la integración de los Emperadores de Oriente y Occidente en 1773, van a hacer más fácil el trabajo del Gran Oriente de Francia 6.

El establecimiento de sistemas completamente coherentes, caballerescos y cristianos ligados al R.E.R. encuentra su total apoyo en el Convento de 1778 7 presidido por Prost de Royer en presencia de Willermoz (asistido a su vez por Jean de Turkheim, cuyo papel es frecuentemente subestimado), so pretexto de una reforma de la Estricta Observancia que no obstante asegura la conservación de las reglas nacidas del orden interno del Temple.  Los C.B.C.S. (Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa) ocuparán la posición central dentro de ese sistema, tomándose la decisión de no volver a hacer más referencia a ningún Superior Desconocido, siempre y cuando se esté entendiendo correctamente un texto abierto a diversas interpretaciones y que impone tomas de posición claras por parte de las obediencias. El Gran Oriente suscribirá un tratado con el Régimen rectificado el 31 de mayo de 1776.

Más sincrético y progresivo, el R.E.A.A. conseguirá instalarse rápidamente en el sistema francés gracias a una particularidad. Permitirá a los hermanos provenientes de logias del Rito francés optar con preferencia por su sistema (basado en 25 grados y luego en 33) en vez de los cuatro Órdenes franceses en menos de una veintena de años. Llegará a obtener incluso el reconocimiento del Gran Capítulo Metropolitano del Rito francés respecto al grado Kaddosh, declarado superior al IV Órden en 1821.

La llegada de los Ritos Egipcíacos, con sus extensas numerologías (33, 95 o 99 grados dependiendo de los sistemas), la profusión de otros sistemas, van a seguir perturbando la vida masónica. Las obediencias dudarán entre el reconocimiento con el fin de lograr un mejor control, o la ignorancia para evitar desviarse de su camino.

Los “side degrees” en Inglaterra

Los ingleses sufrirán todas las consecuencias posibles. Al ser los partidarios más temerosos de una Masonería que no se considera legítima sino es referida a los tres primeros grados, ponen rápidamente en práctica los conocidos como side degrees 8. Al margen del conflicto ligado a la redacción de los textos conteniendo las primeras obligaciones de 1723 por James Andersen, y que había provocado prácticamente un conflicto masónico en todo el territorio del Reino Unido entre los llamados Antiguos (La Gran Logia de 1717) y los Modernos (la Gran Logia de 1751), aparece un segundo problema referido al lugar que ha de ocupar el Arco Real dentro del sistema masónico. Los Antiguos lo consideran como un IV grado y a la vez el corazón y la médula de la Masonería.

La reunificación de 1813 pondrá de manifiesto la escasa claridad de las decisiones tomadas: La más pura y antigua Masonería consiste únicamente en tres grados, a saber, Aprendiz Inciado, Compañero de Oficio, y Maestro Masón, comprendiendo el Orden Supremo del Santo Arco Real. En un instante, los tres mosqueteros pasaron a ser cuatro.

Mientras, los Knights Templars, las logias de la Marca tales como los talleres de perfeccionamiento del R.E.A.A. se desarrollan en el ámbito de una relación caracterizada fundamentalmente por la hipocresía de los responsables de la Gran Logia Unida de Inglaterra, que formalmente niegan la existencia de estructuras masónicas las cuales, en una buena parte, son dirigidas por los propios dignatarios de la Obediencia. Una auténtica esquizofrenia masónica comienza a expandirse. Orden de la Cruz Roja de Constantino, Royal and Select Masters, Secret Monitor, Allied Masonic Degrees, Royal Orders… Más de un centenar de grados y sistemas pasarán a estar disponibles.

En lo esencial, todos estos elementos con un matiz político, que permiten el control de grados y sistemas, no explican sin embargo diferentes particularidades que nacen del mito central del asesinato de Hiram. Sin ponernos a buscar similitudes o realizar comparaciones (reproducción de la muerte del arzobispo de Canterbury, de Carlos II Estuardo…), se pueden plantear preguntas relativas a la necesidad de este símbolo para la Masonería azul. No aporta absolutamente nada como tal en el camino iniciático. Impone una rutina. Plantea además el problema de la identificación de los culpables, de la justicia, de la imposibilidad de dejar las cosas como están, de continuar el camino emprendido sin decirlo y, en ocasiones, incluso, negándolo. Voluntariamente o no, la Masonería azul ha dejado abierto, sin decirlo, sin asumirlo en ningún caso, quizá hasta contradiciéndose, un espacio para otra cosa que queda a un lado.

Talleres que “forman parte”, no “superiores”

La clave radicará en no considerar nunca este espacio como superior. El Gran Oriente de Francia, gracias a la lucidez de Roëttiers de Montaleau, a las revueltas de los Conventos contra el Directorio de Ritos o los Grandes Colegios de otro tiempo, va a permitir a los Hermanos que lo deseen continuar sus diversas rutas en el seno de una obediencia pluralista, que ofrece para ello todos los ritos que componen su patrimonio. Pero también habrá importantes responsables del Colegio de Ritos que sabrán decirle la verdad a los Hermanos.

Es el caso de Camille Savoire, Gran Comendador del Gran Colegio de Ritos, que en una obra publicada en 1924 sobre los Talleres Superiores del Gran Oriente de Francia, escribe: “La historia de la Masonería denominada Escocesa o de los altos grados, al igual que la de la Masonería simbólica, ha dado lugar a leyendas. Los autores de estas leyendas no tenían ninguna preocupación por el respeto a la verdad histórica, buscando únicamente dar a los talleres a los que pertenecían, o cuya fundación perseguían, un origen antiguo; así, establecían lazos con sociedades iniciáticas cuya mera existencia era ya problemática, o con órdenes de caballería de la Edad Media sin preocuparse nunca de encontrar una relación de filiación entre lo uno y lo otro.  Examinaremos los hechos por sí mismos sin entretenernos en el estudio de estas leyendas, cuyo fin principal no era otro que el de actuar valiéndose de misteriosas cartas de falsa nobleza puestas al servicio de un interés individual, y sin excluir factores como el “ego” o amor propio o el mercantilismo.  Parece (…) que los talleres superiores deben su origen a los Masones especulativos (eruditos, conocedores, filósofos, arqueólogos, místicos u ocultistas), que allá a mediados del siglo XVIII se introdujeron dentro del medio masónico para organizarse mediante círculos esotéricos bajo la protección del secreto Masónico y de las formas rituales”.

Tras la crisis de 1994 en el seno del Gran Colegio de Ritos, tras el posterior renacimiento del Gran Capítulo General en 1996, y las crisis de 1997 y 1998, la autoridad confiada al Gran Maestro como protector de todos los ritos en nombre de la soberanía del Convento, permite a los sistema de talleres de perfeccionamiento funcionar como espacios de libre elección para los hermanos. Rito francés, Escocés Antiguo y Aceptado, Régimen rectificado, Rito de Memphis Misraïm, Ritos ingleses del estilo de York o Emulación, La Marca o el Arco Real han encontrado su sitio en el seno del G.·.O.·.D.·.F.·. Pero ya nunca volverán a ser talleres de Altos Grados.  Están dentro. Su gestión lo es por delegación de las instancias elegidas por el Gran Oriente. Sus dirigentes son respetables y deben ser respetados. Son elegidos, sus instancias respetan la separación de poderes. No son superiores a nadie.

En la auténtica Masonería no existen los Altos Grados. No hay más que Hermanos y Hermanas que han hecho una elección personal, rechazando de paso el egoísmo o el integrismo, aceptando el equilibrio entre una experiencia iniciática íntima y un compromiso ciudadano.  Son los vigilantes, cuidadores y actores de una Masonería volcada en la búsqueda de la palabra perdida pero que en ningún caso condena al silencio. Francmasones herederos de una voluntad de libertad y duda, listos para comenzar su búsqueda y compartir en el seno de un Templo cuya bóveda se abre al mundo, emancipándose gracias a una iniciación que en ningún caso se concibe como una revelación.

La Francmasonería ha tenido el coraje de suprimir, al menos oficialmente, los superiores desconocidos. En el Gran Oriente de Francia puede además afirmar con total tranquilidad que tampoco hay superiores conocidos, pues no se conoce otra cosa que iguales mediante la palabra, el signo y el toque.

Artículo publicado en el mes de Enero de 2003. Revista Joaben. Gran Oriente de Francia

1)  Ver la colección Rennaissance Traditionnelle.
2) Dachez, Roger, De los masones operativos a los francmasones especulativos, Enciclopedia Masónica EDIMAF 2001
3) The First Freemasons, Aberdeen University Press 1988 y The origino f Freemasonry, Cambridge University, Press 1988
4) Ver: Desaguiliers René, La Gran Logia de París, denominada de Francia, y los otros “grados”,  de 1756 a 1766, Rennaissance Traditionnelle, nº 90, páginas 88/89
5) Publicado en tres artículos: enero de 1996 (nº105), abril de 1996 (nº106), julio de 1998 (nº115/116).
6) Ver en particular: Beautnier Mathieu, La organización de los altos Grados del Gran Oriente de Francia, Siglo XVIII, nº 23, 1991
7) Ver en especial el artículo firmado Obstabat, “el Rito Escocés rectificado” El Simbolismo nº 380/381, julio 1967
8 ) Ver concretamente Mirabel Marc, Notas sobre algunos Side Degrees en el seno de la Masonería británica, Renaissance Traditionnelle, nº 107/108, julio 1996

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