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Rito Francés y Política

Por Antoine de Blingel

“Confucio opera sobre el rito un desplazamiento semántico, pasando del sentido sacrificial y religioso a la idea de una actitud interior de cada uno, que es consciente y respeta al otro, y que garantiza la armonía de las relaciones humanas, sean éstas sociales o políticas. El campo de acción de los ritos se desplaza de las relaciones entre lo humano y lo sobrenatural hacia las que existen entre los humanos, entre sí” (Anne Cheng).

¿Por qué hay ritos?

¿Por qué hay ritos en masonería? ¿Por qué el Rito Francés? ¿Por qué las Órdenes de Sabiduría del Rito Francés?

En toda sociedad hay ritos por todas partes, pero no todos los ritos tienen la misma función. No tienen la misma finalidad, no son de igual naturaleza. Todos no se dan por lo que son, ¿cuál es la especificidad de los ritos que se practican en masonería? Hay que preguntarse esto, ya que, si se ritualizan cenas oficiales, partidos de fútbol y operaciones quirúrgicas, es a espaldas de los participantes. A diferencia de lo que tiene lugar en prácticas mágicas, en misas o en sociedades cuya organización ha estado teñida en el pasado de valores confucianos, como China y Corea, hay ritos que se practican y que no se perciben como obligación. Su finalidad y su contenido simbólico o axiológico no son evidentes para quienes los practican, no son percibidos como obligación, pero cada uno se pliega a ellos escrupulosamente. Su existencia y su sentido sólo se muestran a la observación del sociólogo o el etnólogo. Durante una operación quirúrgica, los gestos realizados por el cirujano y el equipo que le asiste no vienen todos dictados por exigencias estrictas de la ciencia positiva.

No son, ciertamente, incompatibles con dichas exigencias, sino que expresan, más bien, relaciones jerárquicas y valores. Sin embargo, nunca se hizo de tales ritos codificación positiva alguna. Se trata de ritos que se practican sin “rituales” que los exijan, y ni su contenido simbólico ni los valores que expresan son objeto de interpretación, al menos por quienes se pliegan a ellos. No ocurre lo mismo en las prácticas mágicas, ni en las misas, ni en las sociedades confucianas, ni en masonería. En éstas, los ritos que se observan tienen reglas estrictas, y están codificados en “rituales”. Estos han sido objeto de una elaboración consciente y voluntaria, que pone en juego, en el caso de las prácticas mágicas, una finalidad consciente. Se les añade en la religión, en la tradición confuciana y en masonería una reflexión axiológica que asigna al rito, haciendo referencia a determinados mitos y tradiciones filosóficas o religiosas, un contenido simbólico, del que son conscientes –o quieren serlo- quienes lo practican. Es decir: la masonería comparte con el pensamiento mágico, con la mayoría de las grandes religiones y con la tradición confuciana –que no es una religión, sino una moral política- muchos puntos comunes.

La masonería es, sin embargo, de derecho si no de hecho, “hija de las Luces”, por lo que, más allá de los antedichos puntos compartidos, mantiene una relación problemática y crítica con su tradición, su historia, sus mitos y sus valores. Aquí es donde reside, sin duda alguna, su originalidad. Si ritos y rituales proliferan en masonería, es porque se les inventa cada día desde que la Orden existe. Esta anarquía da testimonio de la gran libertad de los masones, pero también de que la innovación responde en ocasiones a una preocupación por cierto rigor. Lo atestigua, como demostró Charles Porset, el famoso Convent des Philalèthes, que tuvo lugar entre 1785 y 1787, por iniciativa del Gran Oriente de Francia. Lo atestigua la especificidad de los ritos que se practican en masonería, la evolución del Rito Francés practicado en las Logias azules desde la creación del Gran Oriente de Francia, por lo que son objeto de constante evaluación crítica y racional. La Francmasonería tiene sus mitos, pero también tiene sus historiadores que, sobre todo si son francmasones, saben plegarse a las exigencias críticas de la disciplina historiográfica. Si esto es así tratándose de prácticas rituales a las que la Francmasonería, como tantos otros grupos humanos,  se somete, la originalidad de la masonería reside en la reflexión lúcida que es capaz de emprender en este sentido. De ahí su capacidad para reformar sus propios ritos y darles un contenido acorde con los progresos filosóficos logrados por la sociedad que la rodea. Sería, pues, injusto e inadecuado intentar “excomulgar”, de un modo u otro, a los “iconoclastas”, que contribuyen en gran medida a hacer una Francmasonería progresiva y, por tanto, trabajan a la gloria de la misma.

Siempre habrá, pues, sobre todo en el Gran Oriente de Francia, donde la tradición racionalista ocupa un lugar esencial, debate sobre la importancia que hay que conceder a las vías rituales. Aún más, dicho debate dará siempre lugar a decisiones, y éstas a crisis. Nada más normal y saludable en una Obediencia como la nuestra. Lo que debe siempre distinguir a la Francmasonería de todas las sectas es el desprecio de los dogmas. Muchos de nosotros nos declaramos con frecuencia insatisfechos de la realidad masónica y de la realidad de nuestra Obediencia. Lo que nos lleva frecuentemente, con humor más o menos mesurado, a la autocrítica. Con toda justicia, la autocrítica se presenta a veces como la forma suprema de “iniciación”, pues ¿no llegaron algunos incluso a sugerir la creación de un cierto rito de “bajos grados”? ¿No tiene humor el símbolo? Si se mantiene dentro de los estrechos límites que definen un “género”, por no decir un arte, ¿no es el humor indicio de gran vigor? La Francmasonería se distinguirá de las sectas en la medida en que sea capaz de abstenerse de idealizar la realidad masónica, tanto como la profana. Esto no quiere decir que no tenga ideales. Pero, cuanto más elevado sea el grado que se le reconoce a un masón, más debería saber, sean cuales sean los progresos que ha realizado, que entre los ideales (que la fraternidad dice compartir) y la realidad siempre habrá un abismo infranqueable, tanto entre nosotros como en el mundo profano. Desde Platón sabemos que perdiendo esto de vista y creyendo a veces que realidad e ideal coinciden, el espíritu crítico pierde sus derechos. Nos han demostrado esto los sistemas totalitarios y las sectas. El humor habla mediante símbolos; es la medida de una distancia que se llama crítica y que conviene mantener perpetuamente. Ya que el Rito Francés es evolutivo, esto debería ser tenido en consideración en todos los órdenes.

Teniendo en cuenta esta persistente inclinación al espíritu crítico que hace estragos entre muchos de nosotros en materia de ritos, la última crisis saludable fue la provocada por la resurrección de las órdenes de sabiduría del Rito Francés. Sería poco filosófico achacar esta crisis a intereses personales o de poder. Incluso si hubo algo de esto, incluso si lo hubiera todavía, tales intereses no son ni serán jamás sino el árbol que impide ver el bosque. Toda crisis da lugar a conflictos. Los conflictos son, de hecho, sus efectos. A efectos prácticos, cuidemos de no confundir los efectos secundarios de la crisis con sus problemas reales.

Pero ¿cuáles son estos problemas?

La masonería se define por un proyecto político y cosmopolita. Nadie tiene la exclusiva de su fórmula, pues cada uno la expresa, de acuerdo con su naturaleza, en su lengua y en función de sus compromisos profanos. También me cuidaría de formularlo aquí. No sería sino mi proyecto propio y no procedería, salvo si quisiera hablar en nombre de otros, ir más allá de lo que dice nuestra Constitución en este punto. Los Francmasones de Rito Francés, desde siempre numerosos en el Gran Oriente de Francia, se caracterizan por una gran sensibilidad a los problemas sociales y políticos, que otras Obediencias han intentado desterrar de sus preocupaciones, porque son temas que pueden dividir. Se quiera o no, incluso si a veces los hechos indican lo contrario, la finalidad de la mayoría de los ritos que no son el Rito Francés responde a esta preocupación.

No es ilegítimo, puesto que no todos los hombres son capaces, sin traicionar sus respectivos compromisos profanos, de colocar, durante el tiempo que dura una Tenida, sus divergencias personales en un plano estrictamente especulativo. No se le podría prohibir a quienes han demostrado que son capaces de hacerlo. Si son capaces sin que eventuales diferencias den lugar a conflictos insolubles, quiere decir que el espacio sagrado, el de la palabra que circunscribe el Rito Francés, no es exclusivo de las búsquedas simbólicas. La masonería es también especulativa. Dicho de otro modo, es filosófica o teórica. En masonería no tomamos la palabra para ganar adeptos, sino para exponernos a la crítica. No se habla para decir la última palabra, que nadie tiene. ¡Hiram murió con sus secretos! Igualmente, el conocimiento que pondría fin a todo debate. Mientras dure el debate, vivirá el pensamiento. En masonería muchos practican la duda metódica, ¡una duda poco cartesiana, puesto que es intersubjetiva! Las buenas ideas –desafortunadamente, hay pocas- son aquellas que soportan la prueba de la duda, y que resisten las críticas de aquellos a quienes hemos escogido por hermanos y jueces; pues fraternidad no significa ni complacencia ni caritativa indulgencia. Toda idea política merece llamarse idea cuando puede ser objeto de certeza compartida. Toda idea política, por ser diferente a una opinión, es filosófica. Si tal es el horizonte de los debates políticos que pueden tener lugar en Logia, no es la política lo que puede dividir a los francmasones, sean cuales fueren los compromisos que es deseable que tengan fuera.

Pero no es filósofo quien quiere. Ni que decir tiene que la búsqueda de la verdad va pareja con cierto rigor moral y que, en materia de perfeccionamiento moral, el firme racionalismo de los adeptos del Rito Francés no tiene nada que envidiar al esoterismo y al sincretismo de otros ritos. Las sociedades modernas, por haber sido marcadas por el cristianismo, tienden a relegar la racionalidad al terreno profano. Porque pierden de vista que el conocimiento es un fin en sí mismo, sin relación directa con las aplicaciones útiles que se derivan de él, tienen del mismo una concepción puramente instrumental. No se trata de exceso de racionalismo sino de insuficiencia crítica, lo que Edmund Husserl pudo llamar “objetivismo”. No se pueden confundir con el racionalismo las desviaciones del positivismo. Cuando la razón peca por defecto, engendra dogmas y provoca la irrupción de lo irracional, cuyo resultado fue Auschwitz, tal vez la primera etapa sólo es la contrapartida de la debilidad filosófica de nuestro tiempo. Los Francmasones deben, pues, aceptar su tradición, que es especulativa, y admitir esta paradoja: porque forman una sociedad filosófica –lo que no quiere decir académica- desprovista de toda finalidad externa, son capaces de considerar de forma imparcial y libre de prejuicios todas las cuestiones que juzguen dignas de su atención, volviendo la espalda, haciendo esto, a los intereses particulares de la sociedad profana.

Finalmente, ¿por qué no solamente el Rito Francés, sino además un Rito Francés de altos grados, o mejor las órdenes de sabiduría del Rito Francés? Porque el Rito Francés es el rito del Gran Oriente de Francia, era natural que entrara en vigor en unos capítulos que, incluso sin reivindicar el título de “talleres superiores”, no tienen ni más ni menos derechos que estos. Como se ha dicho aquí, se trata de la identidad de nuestra Obediencia. Pero el Gran Oriente de Francia es también una federación de ritos, y como el Rito Francés no pone nada por encima de los valores republicanos, es el que regula la coexistencia armoniosa de todos los ritos que existen en el GODF o que se están desarrollando en su seno. He aquí el humilde privilegio y el único que reivindica: servir.

Para concluir, puesto que la cuestión de los problemas reales de la resurrección de las órdenes de sabiduría del Rito Francés es la única que cuenta, hay que decir que es en este humilde privilegio donde reside la solución de una grave dificultad. En el paisaje masónico internacional, el Rito Francés es ultra minoritario, y se parece a lo que se le ha llamado en otro registro “excepción francesa”. Sin embargo, toda Obediencia ha de proponerse, en el abigarrado paisaje de la masonería mundial, ser “centro de unión”. A fuerza de querer unir, frecuentemente se divide y, a veces, se aísla. Los adeptos del Rito Francés no se atrincheran en un cierto irredentismo llamado a caer como el muro de Berlín. El GODF no es Corea del Norte. Regulando, en su seno, la coexistencia armoniosa de todos los ritos en pie de estricta igualdad, abre sus puertas, más que cualquier otra Obediencia, a la realidad masónica internacional. Además, el Rito Francés se hizo para reunir a quienes la prodigiosa inventiva ritual de la Francmasonería tiende a dispersar y, mientras se pueda, hay que contribuir a su desarrollo en las Obediencias próximas al GODF en el extranjero. Pero no se trata, por ahora, de universalizarlo de hecho. El contexto ideológico actual hace que tal esperanza sea quimérica. También, y esto con orgullo, el Rito Francés se contenta con su universalidad de derecho y, si se puede decir, con su certeza moral.

 

 

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