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Tradición y modernidad

Por Alain GÉRARD

La tradición es una forma de ejercicio de memoria que comprende no sólo la recitación de un pasaje.También se refiere a modos de expresión y de transmisión. Considerada en sí misma es una fuente de enriquecimiento intelectual importante, pero del mismo modo puede llevar a correr el riesgo de tomar ciertas derivas producto de la confusión entre el fondo y la forma, entre el interés histórico y la nostalgia. Utilizada desde siempre por la Franc Masonería, la tradición la hace correr esos mismos riesgos. Sin embargo, el aspecto simbólico del método masónico ha de protegerla frente a todo exceso que pueda llevar hacia alguna de esas derivas.

Se puede entender la expresión « tradición » de muchas formas. El término latino traditio procede del verbo transdare, que significa « dar más allá », esto es « transmitir » o « transferir ». Traditio significa de hecho « transmisión », pero con una connotación jurídica. El francés moderno (N.T. : también el español) conserva aún este matiz referido al lenguaje especializado de los juristas. En los actos notariales se sigue hablando de « traditio » para referirse al acto de entrega como medio de transmitir la propiedad.

En los usos corrientes de nuestro lenguaje, « tradición » implica según el diccionario Robert : « doctrina, práctica religiosa o moral, transmitida a lo largo de los siglos, originalmente por las palabras o valiéndose del ejemplo », o bien « información más o menos legendaria relativa al pasado, trasmitida en principio oralmente de generación en generación ». Podemos por tanto sostener que la tradición, para nosotros, es en cierto modo una memoria del pasado.

Memoria del pasado, puede ser. Pero ¿para hacer qué ? Lo tenemos todo ante nuestros ojos. Porque quizá querramos conservar la memoria del pasado para volver a él ; un pasado que tal vez fue mejor que nuestro presente y que vemos con nostalgia. Pero también cabe la posibilidad de que querramos conservar la memoria del pasado con el único ánimo de enriquecer el futuro. Y hay que entender que estas dos posiciones son completamente contradictorias.

No querer conservar la memoria del pasado es inadmisible. Semejante posición no puede obedecer sino a una ofuscación. Únicamene las utopías totalitarias, nazismo o maoísmo, tratan con este sistema de tapar sus insuficiencias ante el presente. Un ser humano sin pasado es un ser humano incompleto. Quienes son amnésicos suelen ser personas carentes de solidez. Novelistas y dramaturgos ha utilizado a menudo esta situación trágica para expresar el desarraigo del hombre cada vez que se ve privado de una de sus dimensiones. La memoria es la dimensión temporal del ser humano ; y Heidegger, después de Kant, ha dejado dicho que no existe el ser sin el tiempo.

El tiempo es una dimensión del ser, y la memoria es una dimensión del pensamiento. Todo pensamiento se desarrolla en el tiempo, y a medida que se desarrolla registra aquello que acaba de ver, de hacer o de concebir. Sin memoria (y hablamos tanto de memoria a corto como a largo plazo) el pensamiento se reduce a una mera percepción pasiva que no puede elaborar absolutamente nada. Para elaborar algo a partir de lo que se percibe en el momento presente, el pensamiento necesita de aquello que ha elaborado previamente, y sien ello no existe la posibilidad de comparar, yuxtaponer, construir u ordenar.

Hemos podido comprobar cuál es el resultado de un rechazo total al pasado por parte de una sociedad con la Revolución Cultural de Mao, o con los Jemeres Rojos de Pol Pots. En vez de alumbrar esas experiencias un « orden », es precisamente todo lo cotrario lo que sucede y es el caos el que se instala en la sociedad. En un plano opuesto, el refugio en el pasado en detrimento del presente, engendra eso que conocemos como sociedades y regímenes « reaccionarios ». Ese fue el caso (y sigue siéndolo en algún que otro lugar) de los fascismos y los nacionalismos de toda índole. Para poder cumplir su función fundamental, la memoria referida al pasado ha de evitar caer en estos extremos.

No obstante, también ha de prestarse atención cuando llamamos « tradición » a ese pasado, porque con el tiempo tal término ha ido adquiriendo una connotación que le aproxima al segundo de los dos extremos de los que hemos hablado : aquel que privilegia el pasado por encima del presente. La idea de tradición comprende no sólo la memoria y una relación de hechos de otro tiempo, también implica conocer los antiguos mecanismos de asimilación, transmisión y registro de tal pasado, es decir, conocer la cobertura formada por signos, lenguaje, imágenes y símbolos que acompañan esta particular memoria. La definición apuntada por el diccionario Robert así lo sugiere : « práctica reiligiosa o moral », « información más o menos legendaria », « transmitida en un primer momento de manera oral, de generación en generación ». La tradición no es el pasado en estado bruto ni tampoco la Historia concebida desde un punto de vista científico. La tradición es una fórma compleja en la que en cierto modo se ha asentado la memoria del pasado. De ahí las diferentes derivas que pueden darse. Uno no se imagina siempre que el pasado pueda tener una dimensión tan múltiple como el presente. La memoria del pasado es un todo que no puede ser aceptado sin más y sin realizar un previo discernimiento. El pasado es indispensable para nuestro presente, más no todo pasado debe ser aceptado sin más, sin una mínima circunspección. Hay que distinguir dentro de la tradición aquello que puede ser utilizado y aquello que no puede serlo. En una forma de transmisión tan compleja es cierto que puede haber « buen grano », pero también puede haber « paja ». Hay que evitar, en consecuencia, confundir una cosa con otra y cogerlo todo mezclado.

El problema radica en que aquello que encarna el peligro de la tradición le confiere a la vez un atractivo indiscutible. La apariencia en ocasiones pintoresca que le dan algunos signos e imágines puede llevar a considerarla como algo pasado, pero también pude suceder lo contrario precisamente por lo sorprendente y por el encanto implícitos en el anacronismo. Esto último es precisamente una realidad comprobada en los días de nuestra modernidad postindustrial, donde poco a poco se ha ido renunciando a las formas de simbolismo social que constituían el cimiento de la sociedad misma. Vivimos en un mundo convulso, afectado permanentemente por el cambio, en una sociedad que ha roto con muchas de sus antiguas referencias, especialmente las religiosas, sin que haya encontrado aun la forma de sustituírlas. Es seguro que algún día llegará la solución, pero por el momento no parece tan evidente. En este contexto, la forma « tradición » para la interpretación del pasado se corresponde con cierta nostalgia de una historia que es, en numerosos aspectos, más coherente que la nuestra. De ahí la moda de los mitos y leyendas, literatura y textos antiguos, antropologías de Lévi Strauss o de Mircea Eliade.

La Franc-Masonería entra de lleno en este espacio. Con todos los factores positivos y los posibles factores negativos que ello implica. Así, mientras que muchas instituciones e ideologías se han desmoronado al descubrir sus insuficiencias o al ser incapaces de afrontar una situación nueva, la Franc-Masonería moderna sigue proporcionando una visión del mundo abierta y coherente, un marco de reflexión e intercambio de ideas eficaz, un método de trabajo extremadamente útil en el contexto convulso de la  modernidad actual. Aprender a escuchar al otro, a expresarse sin que las palabras se desborden, a aceptar la contradicción y la crítica, son elementos que constituyen la mejor escuela ante los retos de la vida práctica y las relaciones sociales en general –sin olvidar el perfeccionamiento individual-. La cobertura de « tradición » de la que dispone la Franc-Masonería la hacen algo valiosísimo. El aprendizaje se vuelve poético a la par que práctico. Recurre a las sugestiones, a la evocación, a las ilustraciones. Permite al mismo tiempo soñar y pensar.

Pero los riesgos de incurrir en alguna deriva a partir de la utilizacion de este recurso concebido como « tradición » también susbsisten en el seno de la Franc-Masonería. De la sugestion se pasa muchas veces al « sentido oculto de las cosas », de la poesía al esoterismo. En ese momento ya no estamos ante un ejercicio de formación sino de deformación. El ejemplo más perfecto de una deriva reaccionaria en la Franc-Masonería es, hasta alcanzar el delirio, el discurso de René Guenon. Guenon, que habla de una tradición que « existe desde el origen del mundo », que es también « antievolucionista en la mayor medida que pueda serlo » y que está « en las antipodas de las modernas ideas » ;  Guenon, que afirma « que no puede confiarse en las teorías de la ciencia moderna, especialmente en la psicología », y que « la ciencia profana actual no tiene ningún valor real en tanto que conocimiento ». Podríamos también hacer mención del Martinismo o del espiritismo « belle époque » de Séraphin Péladan.

Inmanuel Kant

Lo que debe proteger a la Franc-Masonería de semejantes excesos no es otra cosa que su discurso y su simbolismo. Desde siempre, el método másonico ha sido simbólico, es decir, que sus enunciados no corresponden con el dominio del logos, de la razón, si no del mythos, del relato. Es verdad que precisamente Aristóteles condenaba el recurso al mythos en detrimento del logos, y que del logos surgira la ratio de Leibniz y la vernünft de Kant, esto es, nuestro concepto de « razón » actual. Pero precisamente uno de los descubrimientos operados en la etapa actual es el hecho de que la razón tiene límites que no puede olvidar. Melau-Ponty decía que en ocasiones la razón « tiene que salir de sí para tocar lo que hay más alla de la propia razón y que no forma parte de ella ». La razón – hay que remarcarlo- no puede explicar todavía por qué existe el ser y no la nada, por qué existe el mundo y no la nada. Todavía no ha resuelto el conflicto latente entre el determinismo y el indeterminismo (y menos  aún teniendo en cuenta la aparición de la teoría de los quanta), tampoco el que media entre lo finito y lo infinito, ambos a la vez inevitables e imposibles.

Decía Karl Popper que lo que caracteriza una teoría científica es el hecho de que siempre cabe ponerla en entredicho. La razón es soberana, pero tiene que ir acompañada de algo más. Y autores tan racionalistas como Freud, Lacan, Heidegger o Derrida, unen a su discurso el recurso poético o el mitológico. En el fondo no deja de implicar el recurso a un método simbólico.

La Franc-Masonería, con el recurso que hace a la tradición, no es un elemento extraño en el contexto que acabamos de exponer.

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