El Rito Francés, entre tradiciones y modernidad – segunda parte

Por Ludovic Marcos

Opus en azur

La arraigada continuidad operativa, la lenta emergencia caracterizada por la impregnación del oficio, y la representación subversiva de un Templo Nuevo pusieron en marcha, a principios del siglo XVIII un proto-ritual de naturaleza original, en la frontera entre la religiosidad y lo filosófico, y dentro de una sociabilidad respecto a la que nos equivocaríamos si la calificáramos como fútil.  Semejante implicación de una noción « vulgar » de lo profesional,  de la emoción y del cuerpo representa un fenómeno completamente excepcional en Occidente. Esta primera dinámica ceremonial se construye alrededor de algunos elementos sobresalientes ¿cuáles son ?

La Palabra del Masón, que tiene una función casi totémica, constituye una pieza básica. Se toma como un pasaporte y, en cierto modo, valiéndose del retejeo, casi como un seudónimo. Parece que en un primer momento se refiere a los dos únicos grados que se utilizaban antes de la aparición de la Maestría : ¿Cómo te llamas ? J o B, o bien JB en el primer grado, MB en el segundo.

El empleo de las iniciales de los nombres de las columnas que se alzan ante el templo, según la cita del Antiguo Testamento, nos lleva a la sempiterna cuestión sobre su ubicación : La Columna J se encuentra en el Norte y la Columna B en el Sur ; esto es así desde un principio y sin que quepa duda. Y el Rito Francés ha conservado tal posición de la que a su vez deriva la de los Vigilantes.

El Paso del Aprendiz, que comienza con el pie derecho, tiene también una gran importancia en la puesta en escena y en la transmisión del primer ritual de la Masonería. Con un origen inequívocamente profesional, constituye una de las demostraciones corporales más significativas y fáciles de poner en práctica. Simboliza a la perfección la ubicación en el camino y hace tangible la idea de « marchar hacia Oriente » que debía llevar a cabo el candidato en el momento clave de su recepción.

Finalmente la Batería viene a ser otro de los componentes básicos de este conjunto. Su uso es capital en los distintos modos de reconocimiento de los Masones operativos : batir de palmas, golpes de herramientas, llamadas a la puerta valiéndose de dos golpes suaves y uno más fuerte, acciones que implican un rozamiento a la altura de la garganta, pañuelos que se agitan rítmicamente, etc. Permanece con más presencia que otros signos de orden o toques, que no tendrán importancia sino progresivamente a lo largo del siglo XVIII, y en algún caso únicamente en el XIX. Nada raro hay pues en el hecho de que la Batería haya encontrado espacio incluso hasta nuestros días, dentro del ritual, con el fin de marcar el ritmo y repercusión de sus efectos.

Alrededor de este consistente nudo se articularán diferentes elementos sobresalientes que se harán más precisos en las primeras décadas del siglo XVIII. Recordemos que las posiciones de las columnas J y B, el Paso con el pie derecho y la Batería no tuvieron ninguna contestación sino a mediados del siglo XVIII, por los pretendidos « Antiguos », y ello sobre la base de afirmaciones históricas que hoy sabemos son totalmente falsas. Así, tenemos que es precisamente la adopción de este corpus original la que ha llevado directamente, con ciertas adaptaciones interesantes, a la obtención de un producto de dimensión continental que se expandirá y llegará a imponer la mayor parte de sus elementos característicos. Englobará principalmente un modelo específico de Tapiz de logia, una estructura bien construida de recepción, un perfil de Maestría y de grados complementarios sólidamente organizados en torno a una dramaturgia, una cultura de logia y hábitos asociativos enriquecidos con influencias diversas, adaptaciones e innovaciones particularmente democráticas. Todos estos caracteres adquiridos y transmitidos luego, constituyen lo que podríamos entender como un segundo nivel de los « fundamentos » del Rito Francés.

El modelo de Tapiz de logia que se usa en la actualidad –para comenzar- presenta algunas particularidades dignas de interés. En general es de bella factura y plasma de mano los elementos esenciales, ordenados evitando toda idea recargada y según una lógica espacial sencilla. Puede apreciarse una cuerda emblemática formada por nudos o « lazos de amor ». También vemos una piedra bruta y otra tallada, al norte y sur. Sin duda ambas presentes en la época en que aparecieron los primeros locales permanentes. Hay tres *candeleros que enmarcan el tapiz para iluminarlo. Aparecen colocados al Noreste, Sureste y Suroeste, y simbolizan el Sol, la Luna y al Maestro de la logia.

La estructura de la recepción, que conserva en la actualidad también la trama escenográfica de origen, afirmará su propia personalidad insistiendo, eso sí, en algunos aspectos e innovando en otros. Encuentra rápidamente en la sucesión de secuencias un perfil equilibrado y conservará luego tal estabilidad :apadrinamiento y examen de la candidatura en varios tiempos procurando la obtención de la unanimidad –privación de metales, aislamiento, meditación, preparación de la vestimenta « ni desnudo, ni vestido »- entrada tras tres grandes golpes, interrogatorio y asentimiento recíproco, voto definitivo- deambulaciones en el templo y pruebas físicas de distinta naturaleza –recepción de la Luz en medio de un círculo de espadas, llegada al Oriente para ser investido –juramento o promesa solemnes- colocación del mandil y primera instrucción – reconocimiento solemne por parte de la Logia mediante aclamación… El Rito Francés atribuye desde sus orígenes una gran importancia a esta ceremonia. Y transmitirá su sentido y nivel de exigencia a otros ritos. Mediante la delicadeza que aporta, la implicación y el mensaje implícito constituirá una ceremonia de iniciación. El modo en que se adopta en Francia el mito de Hiram y el acceso a la Maestría, a finales de la década de 1730, va a tener también una importancia considerable. La adaptación de usos de origen permite ya –acabamos de verlo- identificar un rito « a la francesa ». No obstante, siendo el rito del movimiento y la democracia, nuestro rito será un espacio de conservación de los primeros usos. En este sentido, en cuanto concierne a la Maestría, el sistema ritual francés conserva la trama primitiva, pronto desvelada en Inglaterra, y desarrolla las potencialidades iniciáticas. La elevación a este grado es una apropiación en sí misma de la Muerte y de las virtudes del Maestro. Comporta un sentido colectivo de la responsabilidad basado en la búsqueda y la experiencia vivida, compartida. Induce a un buen número de reflexiones sobre la palabra, la naturaleza del ser humano, la violencia y la justicia. Y no resulta nada extraño que este grado se haya visto prolongado –o rodeado- por apéndices colaterales que el Rito Francés consignará haciendo grandes agrupamientos en cuatro Órdenes. Para llegar a todo esto, será necesario que en torno a 1760 se haya tomado buena medida de las rivalidades existentes, de las inflaciones escenográficas y del peligro a que se vio sometida la propia institución. El Rito Francés tendrá en varias ocasiones que poner fin a todas esas tentaciones recurrentes, llegando a cuestionarse incluso en el siglo XIX la utilidad de los propios « altos grados ». Nosotros mismos –volveremos sobre ello- debemos seguir siendo vigilantes y mantenernos lúcidos respecto a las ventajas y riesgos que comporta la existencia de estos espacios que aparecen « tras la Maestría ».

Para acabar, el Rito Francés encarna igualmente la codificación de una cultura comunitaria y ritual de las logias, algo que se afirma con vitalidad a lo largo del siglo XVIII. Tal cultura puede percibirse en la riqueza iconográfica, en la variedad y calidad de la decoración, en el uso de la espada y consiguientemente el del tahalí o correa –que hoy llamamos banda o cordón- , en la forma de precisar la circulación y los oficios de la logia, de la alternancia entre lo escrito y lo hablado entre el Secretario y el Orador. Igualmente es digno de destacar –y único- el reconocimiento entonces de un hecho masónico femenino. Aun resulta evidente en su forma de estilizar lo que denominamos « trabajos de boca » y, de forma general, en el ejercicio de una vida masónica elegante e inteligente, que tendrá una amplia difusión en el continente.

Continuará…

*Nota del traductor: Habitualmente, casi de forma involuntaria, traducimos al castellano el término candélabre como candelabro, lo que es incorrecto. En nuestro idioma, “candelero” es el útil que permite soportar una única vela, en tanto que el candelabro es el dispositivo de dos o más brazos que permite el soporte de un mayor número de bujías. Dicho lo anterior, téngase en cuenta que existe una acepción antigua en francés del término “candélabre” que se identifica en cierta medida con “candelero” en castellano, y que hace referencia a un dispositivo en forma de columna metálica, hueco, elevado, que habitualmente se utilizaba para el alumbrado público.

 

 

 

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