El Rito Francés en todas sus etapas: tradición y modernidad

Por Ludovic Marcos

Independientemente de la importancia particular que cada Masón conceda a los rituales que estructuran nuestra identidad, los ritos de la Francmasonería constituyen un tema de estudio apasionante, rico en enseñanzas si se les considera no como algo fosilizado o como fórmulas mágicas, sino como un conjunto de usos que “tienen sentido”; destacables, a la vez, por la continuidad de sus rasgos fundamentales y por su capacidad de evolución y adaptación. Es, sin duda, así como hay que entender la doble polaridad -“tradición y modernidad”- del título del presente artículo, que hay que juzgar propia del Rito Francés, el que, en mi opinión, encarna mejor, con diferencia, ese equilibrio. Su forma actual es, como veremos, bastante fiel al tronco común que toma cuerpo en la primera mitad del siglo XVIII, que enseguida se ramificará en la segunda mitad del mismo siglo para abrir, prácticamente, el siglo XIX con el panorama masónico ritual de hoy. Ese tronco común, que tiene muchas ramas y del que nosotros encarnamos mejor la solidez de su tronco y su savia filosófica, es el resultado del encuentro de tres aportaciones.

Procede primeramente, en sus más antiguas raíces, de un fondo, conservado y reivindicado como tal, de usos operativos que nos contentaremos con llamar el Oficio. Lo cual no quiere decir que no haya habido verdaderas evoluciones orgánicas de las estructuras corporativas en masonería especulativa moderna. Por el contrario, el progreso de las investigaciones muestra que las filiaciones son tenues y las transmisiones equívocas. Sin embargo, lejos de ser despreciable este fondo, hemos de considerar que tuvo verdadera identificación con la Masonería de la piedra, y no la de la madera o el hierro, por ejemplo. Lo constatamos con la presencia determinante de términos vinculados con la piedra, las herramientas,  los tejados, el local y las jerarquías del Oficio. Así como en muchos signos, indumentarios unos como el mandil, emblemáticos otros como el nivel, la escuadra, el compás, en el empleo de fórmulas, a veces en forma de códigos en torno a hora y edad, y en la existencia de una batería señalada ya en los textos operativos como “dos golpes breves y uno más fuerte”, que simplemente parecía imitar un ritmo de trabajo de talla. Más verificable todavía en el modo de recepción, en la institución, con sus pruebas y sus juramentos y, a través de ésta, en la transmisión de elementos como la palabra del Masón, las obligaciones fraternales, el paso y los signos de orden. Acerca de estos dos últimos signos de pertenencia, incluso si no se pudiera apoyar esta clase de afirmación sobre elementos probatorios, estoy convencido de que la transmisión del paso procede de una antigua práctica de aprendizaje del desplazamiento por andamios y que el signo de orden que utilizamos es heredero de signos de obediencia del mundo medieval, como lo es, de hecho, el saludo militar, su primo hermano.

Las fuentes

Veis una pintura que dista de ser significativa. A esta capa primitiva, que sin duda nunca fue homogénea en Europa, se añadieron en las islas británicas, en el siglo XVIII, el resultado de iniciativas como las relativas a la organización de las logias en Escocia, y diversas especulaciones. Las especulaciones bíblicas, sobre todo protestantes, van a enriquecer el viejo cuerpo legendario y a nutrir un soporte, una estructura y una justificación. Es en esta época cuando se va perfilando la figura tutelar de Hiram, el Maestro-arquitecto. Acabará de alumbrarse una dramaturgia que acompañará el nacimiento de un grado nuevo, que se implanta en el continente en los años 1730. Además, estas especulaciones proporcionarán supuestos planos del Templo de Salomón, considerado rápidamente como referencia fundadora entre todas, sacada del Libro, a la vez modelo universalista y sede de la logia original. A finales del siglo XVII y a comienzos del XVIII, lo describen algunos textos masónicos, más tarde aparecen representaciones de este templo –obra- en forma de cuadro o tapiz de logia. Multitud de indicios muestran las influencias de: Milton, Samuel Lee, con planos y glosas de su obra de 1659, con sus columnas, sus granadas, sus ventanas enrejadas, sus pasillos enlosados en blanco y negro, recuperaciones de pasajes completos en preguntas y respuestas de catecismos y finalmente John Bunyam, que decidió la colocación de la columna J al Norte y de la columna B al Sur. Finalmente, esta segunda aportación proporcionó un cuadro histórico y espacial en el que se situarán los signos operativos. Todo en un cielo con luminarias, que integra el conjunto en una cosmogonía.

Del encuentro clave de este segundo aporte con el primero vino la costumbre de “tenerse en logia” alrededor de esta representación, a la vez material y simbólica. De ahí salió, para nosotros, un proto-ritual masónico que contenía los fundamentos de nuestro rito, que son la Palabra, la gestualidad básica y el reteje, la entrada con el pie derecho, la posición de las columnas, la batería de dos golpes y uno, la estructura de la recepción (iniciación), los cinco puntos del Oficio que llegarán a ser los cinco puntos de la Maestría. Faltaría, claro, por saber precisamente cómo y sobre todo por qué unos grupos de hombres que se reunían, sin vínculos profesionales con el Oficio, deciden en un momento dado, decisivo, dar “nacimiento” por ellos mismos a nuevos miembros, y después innovar numerosos puntos hasta fundar la Masonería moderna del siglo XVIII. ¿Es solamente por necesidad de un acto conmemorativo en torno a esta maqueta de la primera logia? Es dudoso. ¿Es por necesidad de dar cobertura a un proyecto filosófico y asociativo? Se podría suponer, pero afirmarlo así es muy simplista.

Las evoluciones modernas

De todos modos, la tercera aportación está constituida por elaboraciones de las primeras décadas, elaboraciones históricas que permitirán que este proto-ritual encuentre sus equilibrios y adaptaciones, a costa de constantes evoluciones. Pues las evoluciones son una constante humana y han continuado transformando nuestros usos hasta el día de hoy. Sin embargo, fueron más sensibles hasta 1750/1760. Sólo las abordaremos rápidamente. Se refieren, en primer lugar, a la puesta a punto de la fórmula inglesa de 1717/1723, que crea el principio obediencial, dota de Constituciones a la Masonería y hace que despegue la nueva institución. Se refieren después a la definición y el emplazamiento de los primeros puestos de oficiales y a los símbolos que les distinguen, por ejemplo la escuadra para el Maestro de Logia, la perpendicular para el segundo vigilante y el nivel para el primer vigilante a partir de 1727. Durante algunos años más, las logias sólo contarán con un vigilante. El Gran Oriente de Francia adquirió recientemente un libro de arquitectura muy antiguo en el que se ve esto en Dresde, en 1741. A esta tercera fase, activa, le toca también la organización del grado de Maestro, seguida inmediatamente por la aparición de grados complementarios, que divide el grado de Aprendiz en dos grados distintos, Aprendiz y Compañero. Asiste también a la afirmación del Oriente y a los tapices de logia que sierven como modelos de proyección, a medida que los grupos son más importantes y disponen de locales permanentes. Las ceremonias son más largas, aparecen los asientos. Los elementos representados, piedras, columnas, delta, sol y luna se harán realidad en un espacio que muy pronto se llamará logia; más tarde, templo.

La Francmasonería francesa hereda sus primeros usos y, por esta razón, el Rito Francés es conservatorio de las más antiguas prácticas rituales. En este sentido es, efectivamente, un rito de tradición. Parece, sin embargo, que heredó también una mentalidad que le permitió encarnar de la mejor manera un principio de modernidad. La aclimatación, en Francia y en el continente, de los usos masónicos se lleva a cabo a costa de ajustes debidos a transposiciones, a ajustes culturales. La aparición de la cuerda de nudos o de las piedras bruta y tallada se debe a una de estas adaptaciones. Lo mismo pasa con la generalización del uso de la espada, a la que seguirá la aparición de prácticas de adopción destinadas a las mujeres, verdadera y notable excepción francesa, todavía perceptible hoy día pues es Francia el único país del mundo en el que un cuarto de la Francmasonería es femenina. Habría que señalar así mismo la evolución de las prácticas de recepción, que conforman lo que llamamos iniciación, importantes inyecciones de tipo caballeresco o hermético, la revolución institucional de 1773 que ve afianzarse, con el nacimiento del Gran Oriente de Francia, las bases de una democracia asociativa.

 

 

Los “antiguos” y los “modernos”

En este contexto, el interés del Rito Francés como rito testigo es incontestable. Desde mediados del siglo XVIII, por motivos que no desarrollaré aquí, tiene lugar en suelo inglés una “guerra civil masónica”. Uno de los bandos, que se apropiará abusivamente del título de Antiguos y calificará a sus adversarios de Modernos, invertirá la posición de columnas y vigilantes, el pie de entrada de los aprendices y cambiará la batería por Three distinct knocks (libro de su promotor, L. Dermott). Este bando pretenderá detentar, sin prueba alguna pero con gran frescura, la legitimidad, la “originalidad” si queremos. Se impondrá mayoritariamente en el mundo y,  viendo su título, se pensaría –rápida pero erróneamente- que encarna la tradición más antigua.

El Rito Francés

El Rito Francés, que permaneció fiel a sus orígenes, pues no le tocaron las tribulaciones que afectaron a Albión después de 1751, conservará sus líneas originales: concisión (y densidad) en apertura y cierre de trabajos (que sólo mencionan al Gran Arquitecto en la iniciación y las Instrucciones), cuidadas ceremonias de iniciación (hasta tal punto que han impregnado a todos los ritos), sentimiento de que el ritual es una herramienta y un método, no un fin en sí mismo. El Rito Francés propone un marco con fundamentos pero sin formalismo, y cada época, cada logia, lo adapta. Ambos términos, rito y ritual, tienen, por ello, diferente sentido para él.

Este equilibrio entre continuidad y plasticidad, esta capacidad para integrar las diferentes evoluciones, explican sin duda que, siendo un rito de tradición, el Rito Francés es también, desde el principio, cuando no tenía otro nombre que “estilo” o “régimen habitual” o el “de los Modernos”, un rito de modernidad. Bajo su égida adquirió el grado de Maestro notable consistencia en Francia, apareció un esbozo de Masonería femenina, progresaron contenidos filosóficos ilustrados, se fijan en 1773 los usos masónicos, entre ellos la elección de los venerables y las prácticas obedienciales, cuando el cuerpo masónico francés se federa en Gran Oriente. El principio de pluralidad de ritos, del que se beneficiarán el Régimen Escocés Rectificado en 1778, el Rito Escocés Antiguo Aceptado en 1804 y, más tarde, los Ritos Egipcíacos, se impone, quiérase o no, por su espíritu y por su tolerancia. Por otra parte, dichos ritos son más bien sistemas de altos grados que se contentan con practicar o adaptar a sus tres primeros grados los modos de iniciación y de aumento de salario del Rito Francés. No olvidemos, en fin, que fueron el Rito Francés y el Gran Oriente de Francia los primeros que regularon y racionalizaron la práctica de los altos grados, reagrupándolos en síntesis notables y razonables, que son las cuatro órdenes que conocemos. Aún no hemos sabido extraerle el meollo substancial y podremos mejor y poco a poco, en el futuro, devolverlos a su tradición y situarlos en la modernidad. Estoy seguro de ello.

La renovación

La evolución de nuestro Rito en los siglos XIX y XX, sobre la que he pasado de puntillas, es tributaria de contingencias de la Historia. Marcada primeramente por un deísmo moral más o menos progresista, propio de muchas élites continentales de la primera mitad del siglo XIX; después, por el consiguiente compromiso republicano, señala su evolución con una estela blanca en 1877, al retirar del artículo 1º de su Constitución las dos “obligaciones dogmáticas” que se habían introducido en 1849 (al mismo tiempo que el tríptico Libertad, Igualdad, Fraternidad), las de creer en la existencia de Dios y en la inmortalidad del alma. Esto tuvo inmensas consecuencias históricas, hasta hoy. En 1887, el ritual Amiable hizo de ello una moltura positivista que lo modifica o lo desnaturaliza –según- en varios puntos. Finalmente, prevalecieron por encima de todo la continuidad y claridad de sus fundamentos. El Rito Francés, fuertemente marcado por sus luchas humanistas y las pruebas de la guerra hasta mediados del siglo XX, aminorado por la moda del escocismo, volvió progresivamente a su equilibrio y a contenidos simbólicos, filosóficos y morales adaptados, por influencia de hombres como Blatin, Gloton y Groussier. Este retorno a parte de su herencia y a un dinamismo innovador, conquistador, aún está por hacerse. En estos últimos años, han sido despertados los antiguos sistemas de altos grados. Su vitalidad en tierras que, tradicionalmente, permanecieron fieles a su práctica, como Bélgica, África o Brasil, y su retorno progresivo a la península ibérica o a los países del Este es un signo. No podemos hacer otra cosa que alegrarnos. El Rito Francés, como se ha visto, es noble parte del patrimonio masónico universal y también uno de los motores y garantes de su renovación. Su destino y el del Gran Oriente van estrechamente asociados. Sin embargo, como todo ritual, sólo es válido por los hombres y mujeres que lo practican y sólo será, pues, lo que hagamos de él mañana. Esta modesta contribución, con su insistencia sobre el recuerdo de los orígenes, no tenía otra motivación que sensibilizaros sobre lo que nos jugamos en el futuro.

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