Francmasonería y Humanismo – 1/3, por Jean Pierre Catala

No es la primera vez que en este espacio contamos con la colaboración de Jean Pierre Catala, a la cabeza en la actualidad del Gran Capítulo General para el Rito Francés del Gran Oriente de Francia. En esta ocasión publicamos una reflexión elaborada en torno al concepto de Humanismo y la íntima relación del mismo con la institución francmasónica.

El texto, traducido por el equipo de colaboradores de Mandiles Azules, se corresponde con la conferencia pronunciada en febrero de este año por Jean Pierre Catala en el Instituto Francés de Tel Aviv, en Israel.

Tras realizar un recorrido tan antiguo como complicado, el humanismo se ha visto obligado a permanecer en las mazmorras de la historia durante la primera mitad del siglo XX, asolado por guerras desencadenadas por sanguinarios dictadores durante las cuales, tanto Francmasones como miembros de otros colectivos, en especial la comunidad judía, pagaron el más alto de los precios.

Jean Pierre Catala en el Senado de la República - Foto Mandiles Azules

El humanismo como concepto se ha manifestado a través de las convulsiones de la historia. Así -aunque con frecuencia se olvida el dato-, no deja de ser cierto que entre los griegos la noción de ética  constituyó su primera expresión. El “ethos” griego,  que más tarde se verá asfixiado por las “morales” propias de las religiones monoteístas impuestas a los individuos, el “ethos”, digo, representará en cierto modo una brecha abierta al poder divino en beneficio de la libertad de un ser humano que comienza a esbozar sus decisiones sobre cómo va a comportarse.

Vendrá luego una bocanada de aire fresco representada por el Renacimiento que hará posible que este concepto vuelva a aflorar, al expresar con nitidez que todas las personas han de tener la posibilidad de acceder a la creencia, a la fe, a una cierta forma de luz que hasta ese momento nunca había llegado al pueblo, pues únicamente algunos elegidos adscritos a las clases dominantes disfrutaban del privilegio de acercarse a lo divino.

Luego llegará Kant que, unos años antes del estallido de la Revolución Francesa, sorprenderá a todos al dejar sentado que cada ser humano ha de servirse de “su propio entendimiento”. Será así como el hombre deje de ser “una marioneta de los dioses”, reconociéndosele una capacidad de decidir.

Por fin los Enciclopedistas y el siglo XVIII, tomando de Kant –aunque sin referirse a él- el concepto de “Luz”, impondrán la idea de universalidad y el hecho de que todo ser humano ha de tener la posibilidad de acceder al conocimiento al margen de que también pueda alcanzar “lo divino”. Será de este planteamiento de donde el hombre obtendrá todo su poder humano. A partir de ahí se convertirá en el nuevo dios, libre y a su suerte, una suerte que además ha podido escoger, no obstante: ¿se ha llegado al “humanismo”, a lo más humano, al “menos dios”, a la libertad humana?

Nietszche pondrá fin al debate al anunciar que “Dios ha muerto”. Y como la plaza que ocupaba ha quedado libre, en adelante será el hombre quien la ocupe. En adelante el ser humano será dueño y señor, y  pasará a ocuparse de sí mismo.

En tal cosa consiste el humanismo: más ser humano y menos divinidad; humanismo y laicidad, el derecho del hombre a pensar por si mismo, dibujan los rasgos de la libertad tal y como la reivindican los masones del Gran Capítulo General del Gran Oriente de Francia.

Siguiendo con esta exposición, desde hace unos treinta años nadie se ha arriesgado a hablar de Humanismo con la sola excepción de los Francmasones.  Se nos decía que era necesario confrontar los auténticos derechos con la declaración de Derechos del Hombre, las libertades concretas con las libertades públicas descritas por lo que se conoce como derecho burgués. Los tiempos no obstante han cambiado y todo el mundo hoy quiere ser y se reclama humanista. Este cambio puede explicarse al menos por cuatro motivos.

El primero es la aparición de un movimiento humanitario a finales del siglo XIX. Podríamos citar a Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja, considerado como el padre del humanitarismo en el sentido más moderno del término. Una visión un tanto sumaria y reduccionista del humanitarismo no llevaría a definirlo como la instrumentalización del humanismo en tanto que concepto, esto es, su aplicación práctica.

El segundo de los motivos que permite explicar la dimensión actual del humanismo está ligado al anterior. La ingerencia humanitaria no aparece espontáneamente sino que se manifiesta en un contexto sociológico y jurídico muy especial. Ese marco corresponde al “derecho de la víctima”, es decir, a la toma de conciencia de los derechos que corresponden a las víctimas, que durante siglos, en medio de genocidios y represiones han carecido de todo derecho.

Hizo falta que llegara la imagen para conseguir que las conciencias evolucionasen. François Furet escribe: “la horrible sorpresa que sacudió a la opinión pública occidental… cuando se publicaron imágenes y los primeros reportajes sobre los campos, y las primeras fotografías de esas masas de supervivientes esqueléticos con su pijama a rayas, a lado de inmensas fosas desbordadas de cadáveres”.

El siglo XX conocerá las peores atrocidades, primero la guerra de 1914 a 1918, luego el genocidio armenio, la shoah, los cien millones de víctimas del comunismo, Ruanda y tantas otras. Paradójicamente es del abominable siglo XX en el que el ser humano ha sido negado, humillado, envilecido, de donde se puede extraer a modo de balance que, después de todo, el ser humano existe; que la humanidad existe y que en definitiva, por la propia fuerza de las cosas, todo gravita en torno a ella.

La tercera causa de lo que me atrevería a llamar “victoria” del humanismo es el hundimiento de las doctrinas totalitarias. Como bien recuerda Tvétan Todov, “quien ha logrado vencer a los dos totalitarismos es el ideal democrático, y tal ideal es fundamentalmente humanista”.

El cuarto motivo que además pone de actualidad la cuestión del humanismo, es el hecho de que vuelve a surgir en nuestro tiempo una nueva ola totalitaria.  En buena lógica uno puede preguntarse si el integrismo islámico tal y como se vive en algunos países, no constituye una tercera ola totalitaria a la que hay que agregar además todas las modalidades de integrismo religioso y político.  Lo que nos diferencia de todas estas doctrinas totalitarias es la Declaración de Derechos del Hombre, que constituye para todo humanista bien formado la base, la matriz, la clave del Humanismo.

De la reflexión humanista tal y como la estamos conceptualizando se desprenden cinco grandes principios que enumeramos: la lucidez, la libertad, la tolerancia, la responsabilidad y la razón.

La lucidez

He de resaltar el hecho de que nuestro humanismo no tiene nada de beato, no “deificamos” al ser humano y en este punto podemos retomar la afirmación de Bernard Kouchner, “cuando no se espera nada de los hombres, uno se cansa menos al convivir con ellos”. Todos sabemos que existe un mecanismo , si se me permite la expresión, compartido por la mayor parte de los mamíferos que les impide autodestruirse y que este no funciona cuando nos referimos al ser humano. El lobo joven que lucha para convertirse en el jefe de la manada muy rara vez mata al viejo lobo destronado.

Erasmo, uno de los padres con Montaigne del concepto de Humanismo, escribió:

Los leones, con todo lo feroces que puedan ser, nunca luchan entre ellos. Un jabalí no ataca nunca a otro jabalí… El lince vive en paz con los otros linces… Y si hablamos de la concordia que reina entre los lobos, aparece reflejada hasta en los cuentos… Únicamente los hombres, que más que el resto deberían ser propensos a una unión que les es tan necesaria, siguen estando sordos a una voz tan eficaz y poderosa como es la de la naturaleza”.

Montaigne se hace eco de los planteamientos del Elogio de la Locura cuando dice en sus Ensayos:

No existe fiera en el mundo tan peligrosa para el hombre como el propio hombre”.

Y el propio Erasmo escribía que “uno no nace hombre sino que se hace”.

La lucidez consiste fundamentalmente en no alimentar ninguna ilusión acerca de la profunda naturaleza del ser humano, sabiendo que, sin esperar alcanzar el hombre ideal, sí es posible hacerlo mejor de lo que es a través del método, la reflexión, el acompañamiento, el consejo, la escucha, la educación… La Francmasonería hace posible tal evolución, tal transformación del individuo y más si éste sabe servirse de las herramientas simbólicas que encuentra en su recorrido iniciático.

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